SOCIEDAD / M68

M68
Flotaba un cierto aire de derrota y perfume de nostalgia en el Instituto Francés de Barcelona en donde se conmemoraba cincuenta años del Mayo de 68 parisino. Ni  siquiera estaba lleno el anfiteatro ocupado por cabezas canas y calvas, cuerpos encorvados y algún joven curioso perdido entre tanto veterano. Cincuenta años, medio siglo, es demasiado, me digo mientras escucho a Esteve Rimbau, director de la Filmoteca, iniciar su presentación del acto en francés; a Enrique Vila-Matas hablar de su estancia en París (pero después del Mayo francés, matiza, en el apartamento de Marguerite Duras); a Raimon rememorando ese mítico concierto en Madrid; y a Pere Portabella de sus proyectos estrella (Los Golfos de Carlos Saura, El pisito de Marco Ferreri y Viridiana de Luis Buñuel) que le llevaron a la gloria pero le hundieron en la miseria económica. En cincuenta años la mitad de esa generación airada está ya bajo tierra.

Cuando vino un policía a mi casa, explica Raimon, a retirarme el pasaporte se fijó en mi librería y movió la cabeza: Si hay tantos libros en casa de un obrero es señal de que es comunista. A Pere Portabella, en un interrogatorio, se le cabreó el policía porque él le habló de ética, para no delatar a los asistentes de la Capuchinada, y el tipo no sabía el significado de la palabra. Enrique Vila-Matas habla de Philippe Garrel, de quien acabo de ver su última película, de cómo lo torturaron los flics cuando fueron a por él por distinguirse en el Mayo francés y lo achantaron para siempre a base de electrodos. Fue un aviso al sistema (Portabella). Y el sistema nos derrotó e hizo un cambio lampedusiano (EVM). Ni Portabella, ni Vila-Matas, ni Raimon estuvieron en las barricadas de París. Me dijeron que Emma Cohen sí estuvo, afirma el autor de El mal de Montano. La Cohen murió.

Yo tampoco estuve. En Mayo 68 tenía 17 años. Utilizaba traje y corbata e iba a los toros con cigarro habano en la boca a aplaudir a mi paisano El Viti. Pero vi las fotos. En el Paris Match que compraba mi padre que, para mi fortuna, era un afrancesado. Unos chavales de pocos años enfrentándose a policías que parecían perros y llevaban mascarillas de gas. Les tiraban adoquines, vallas y cócteles molotov. Dos años más tarde aprendía la formula. La del coctel molotov. Y llevaba a las manifestaciones antifranquistas la bandera negra del anarquismo. Los jóvenes franceses, les enragés, bonita palabra para decir que estaban rabiosos con el sistema, se alzaron contra el autoritarismo familiar, escolar, universitario y político. Una generación llena de vida contra otra acomodada que veía como sus propios hijos les contestaban. La contestación. Había playa, entonces, debajo de los adoquines y se pedía lo imposible. Pero las gabarras siguieron surcando el Sena y las campanas de Notre Dame dando las horas. París era una fiesta que empezó con el cine, en la Cinemateca, por la destitución de Henry Langlois por parte del ministro de cultura André Malraux (La condición humana), un comunista que se reconvirtió en gaullista. Una revolución pegada a la imagen, con muchas filmaciones. Una chica rubia, hermosa, a hombros de sus compañeros, puño en alto, que se convirtió en un icono. Los de la nouvelle vague filmaban constantemente las interminables asambleas, las manifestaciones. Godard, Truffaut, Rivette esquivando golpes de porra filmadora en mano. El mundo cambiaba en esos días revolucionarios en los que los jóvenes tomaban la palabra. Un docto Jean Paul Sartre escuchaba a ese joven Cohn Bendit que sonreía junto a un enorme policía. ¿Qué le estaba diciendo tan divertido? Venía esa sangre nueva de les enragés como un maremoto y cruzaba el charco: en Vietnam se mataba a mansalva pero los chicos americanos morían en alejados pantanos. Trotskistas, anarquistas, maoístas discutían en las asambleas parisinas. Las chicas se liberaban y se proclamaban dueñas de sus cuerpos. Se hacía el amor a todas horas. Los muchachos se besaban entre ellos antes de lanzar las bombas incendiarias a los odiosos flics. Ouvriers, étudiants, le même combat resonaba en las calles. Todo aquel que tenía un spray a mano se convirtió en grafitero poético e imaginativo. La imaginación al poder. Era un movimiento eminentemente cultural al que se sumó la clase obrera. Y los obreros tomaron las calles, pararon las fábricas, las ocuparon. Y el General tembló. Era una revolución contra la familia De Gaulle. Contra los culos gordos de los De Gaulle, matiza Enrique Vila-Matas con una sonrisa, el que se inventaría en Fotogramas uno de los más grandiosos fakes jamás cometidos: la falsa entrevista a Marlon Brando. Y tras dos meses de lucha, ciudades paralizadas y el mundo conmocionado, y ningún muerto, la derecha ganó abrumadoramente las elecciones, pero el mundo ya había cambiado. Ya nada sería igual. Era una derrota táctica. Los sesentayocheros nunca persiguieron el poder. No les interesaba porque luchaban precisamente contra él y contra el consumo capitalista. Se hicieron hippies. Fumaron marihuana y formaron comunas alternativas. Viajaron a otros mundos a través del LSD. Descubrieron sus santuarios en Katmandú e Ibiza con banda sonora de King Crimson, Santana y Pink Floyd. Hasta que alguien les metió la heroína y el SIDA.

En España el 68 fue el 69. El atraso secular. Un año después y con una dictadura feroz enfrente que no te sometía a electrodos sino que te mataba, y antes a golpes de los hermanos Creix y de ese Billy El Niño condecorado que anda suelto por las calles hasta que alguien le rompa el cuello, como pasaba con los torturadores de la Junta Militar Argentina. Me dejé crecer el bigote, enorme y hacia abajo, a tono con las patillas. Quemé mi traje y corbata y ya no fui más a los toros. Me calcé botas de tacón que me hacían más alto. Me anudé una goma al cabello para hacerme una cola. Iba siempre de negro, con jerséis de cuello de cisne. Como ahora. Con un tabardo militar en donde ocultaba las octavillas que de noche imprimíamos en un piso franco con una vietnamita que nos dejaba los dedos pringados de tinta espesa. Y allí estaban mis primeros textos publicados, políticos, llamamientos a alzarse contra una dictadura asesina y acabar con Franco, que, de madrugada, los camaradas repartíamos a la entrada de las fábricas o arrojábamos en el metro o en el patio de la Universidad. Se hacía la revolución y el amor, que eran un todo. Las chicas no eran de nadie, sino de sí mismas. Aprendimos los varones, a regañadientes, a controlar los celos que nos producían punzadas en el corazón, como cuchilladas.

La policía no nos daba cuartel. Asaltaba un día sí y otro también la facultad de Letras de la Plaza de la Universidad, retiraba los carteles de la Joven Guardia Roja, los de la Liga Revolucionaria Comunista, los del PSUC y Bandera Roja, los de Negro y Rojo y Estudiantes Libertarios que colgábamos nosotros, los de los CHE/CHO, un oscuro grupo muy radical, polpotista, del que siempre sospechamos que estaban infiltrados por el SIM porque su lema era defenestrar catedráticos. Se ocuparon las cátedras y se purgaron a los profesores sospechosos de franquistas con un sistema calcado de la Revolución Cultural China, incluidos los juicios públicos y los linchamientos ideológicos, con los que no estaba muy de acuerdo. Y en la Plaza de la Universidad se producían batallas campales, enfrentamientos que uno tiene marcados a fuego en  las pupilas, como ese coche del 091 en llamas y los grises saliendo por piernas de él, las bocacalles cortadas, los enragés españoles, los bancos de hierro macizo que lanzábamos desde el piso de arriba al patio de letras cuando entraba el pelotón de grises. Nos enfrentábamos a una dictadura salvaje y fascista, puño en alto y enarbolando banderas rojas y negras a esa marea de grises que perdían el casco mientras nos perseguían y bajaban furiosos de las tocineras y disparaban, y no al aire, cuando se veían en apuros. Hubo muchos heridos, gente que se pudrió en las cárceles, muertos.  

Ese año, el 69, se decretó el estado de excepción, se cerraron las universidades, se llenaron las cárceles. Pero la dictadura no se movió. Y siguió matando. Y torturando. Y fusilando al amanecer. Y agarrotando a Salvador Puig Antich años más tarde en una Barcelona que seguía bailando sardanas como si no pasara nada. Así es que sí, tiene razón Pere Portabella. Somos los derrotados. No conseguimos hacer volar por los aires a Franco, que murió en su cama víctima de una atroz agonía que le prolongaron los suyos cuando era una piltrafa, nos tragamos nuestra rabia y aceptamos una transición que era una trampa para que los franquistas se tunearan en demócratas. Y aquí estamos con cincuenta años más, con nuestros recuerdos que ya forman parte de la historia y todos esos sueños de cambio que fueron eso, sueños.  

La novela que muerde con un final desgarrador. Una novela negra ambientada en Sudáfrica, en los tiempos del apartheid. 


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