RELATO




ENTRE SUEÑO Y DESCONCIERTO

Susana Villafañe




El viento azotaba las azoteas –que para eso están–, y los gatos huían despavoridos; no les importaba ni las ratas dejadas atrás, que correrían su propia suerte. Eso creían los felinos, pues no sabían cómo eran de listos los roedores: ya dispondrían de los desagües para escapar antes que la lluvia se desatara con la furia anunciada por las nubes, que de tan negras, asustaban. Los relámpagos iluminaban los tejados y los truenos retumbaban en las chimeneas, refugio de las palomas.

–Cierra la ventana –dijo Javier en voz suave, mientras acariciaba con ternura la mejilla de Cristina–, hace frío, no es conveniente en tu estado.
Los papeles comenzaron a revolotear por la habitación y el hombre se apresuró a recogerlos antes que se dispersaran. La ventisca entró con potencia y sin pedir permiso; su acción repentina y traicionera impedía a la mujer cerrar la ventana. Entre el viento y su estado le quitaron las pocas fuerzas que le quedaban y se derrumbó.

Javier perdió el control de la situación, no sabía qué hacer en primer lugar, entonces hizo un rápido planteo del estado de cosas y sus posibles soluciones: «Si sigo recogiendo papeles, el viento desparramará otros; pero mi mujer está en el suelo, quizá desmayada, tal vez muerta. Si cerrara primero la ventana y Cristina estuviera agonizante, ¿cuánto tiempo le quedaría? De todos modos será mejor que antes cierre la ventana. ¿Y si cerrara la ventana y a Cristina le faltara el aire? Pues la atenderé primero. Sí, pero los papeles seguirían desparramándose. Después me llevaría mucho tiempo ordenarlos.» Los segundos corrían raudos y la solución no llegaba. Finalmente se decidió por cortarle el paso al viento, pero éste entraba con más energía aún y no lo dejaba acercarse a la ventana. Los documentos amenazaban con escaparse, cómplices del infortunio y hubiera sido imposible recuperarlos. Se arrastró por el suelo para tener más posibilidades de llegar sin ser impedido por el viento y consiguió sentarse bajo la ventana, apoyando la espalda en la pared. Su mujer seguía tirada en el piso, inconsciente. Los papeles comenzaron a reunirse y a confabular en su contra. Se arremolinaron y estaban a punto de formar una columna, en el momento en que Javier juntó coraje suficiente para cerrar la ventana, enfrentándose a la adversidad. Se arrodilló y se puso mirando a la pared como quien reza. Trató de asir las hojas de la ventana con la actitud de los levantadores de pesas. Inspiró profundamente para inflar los pulmones y los llenó del polvo transportado por el viento. Fue atacado por una tos incontrolable que le quitaba las pocas fuerzas de las que disponía, pero no el coraje. Así que se levantó con más furia que el propio viento y pegando un grito tarzánico (por Tarzán) cogió las hojas de la ventana y empujó hasta cerrarlas. No les dio tiempo a los papeles para que concluyeran su plan de escape, y estos se desplomaron desparramándose por toda la habitación. Otro dilema se interpondría entre sus decisiones inmediatas. ¿Debería recoger los documentos esparcidos, antes de dedicarse a su mujer? Este tramo de su vida era de una importancia relevante, ya que si su esposa recobraba el conocimiento y veía el desastre producido, como consecuencia de las indecisiones de su marido, podría ocurrir otra catástrofe de mayor envergadura: a ella le exasperaba el fallo con el que había nacido su esposo, aunque lo sobrellevara bien, a veces, y la exasperación le producía unas reacciones inesperadas que su marido no aguantaba en absoluto. Por lo tanto pensó que lo mejor sería poner un poco en orden el recinto, después de examinar a su mujer y comprobar que aún respiraba; hasta le pareció que roncaba plácidamente, y entonces le puso un almohadón para apoyo de la cabeza. Aprovechó esta circunstancia para tomarse la tarea con tranquilidad. Lo primero que hizo fue amontonar los papeles en un solo bulto, para tener una idea clara de qué cantidad se trataba, y calcular cuánto tiempo le llevaría clasificarlos, y después organizar por temática y fecha, ese lío. Entre facturas pagas, recibos por pagar, escritos sin importancia, publicidad solicitada y otra sin solicitar, avisos del correo, reclamos de acreedores, manuscritos sin pasar a limpio, servilletas castigadas con sus ocurrencias en mesas grasientas de bares cercanos… Parecía que nunca terminaría de repasar mentalmente los documentos que tendría que ordenar. Por lo tanto decidió llevar a su mujer a la cama y dejarla dormir hasta que la sabia naturaleza la despertara. Eso no le llevó mucho tiempo de meditación ya que le pareció una decisión sensata; además pensó que la pobre mujer estaría incómoda en el piso frío y no tenía sentido hacerle pasar la noche de esa manera, teniendo una cama confortable donde reposar. Después del esfuerzo mental y físico provocado por la reciente situación, se dispuso ir al cuarto de baño para lavarse un poco y aflojar tensiones. Tenía ganas de orinar y debería lavarse las manos antes, pero también debería lavarse después y esto le suponía otro conflicto, lo que le hizo detenerse a meditar otra vez sobre los pasos a dar: «Si me lavo las manos antes y después de… gastaré el doble de jabón, aparte de provocarme cierto escozor en mis partes tiernas, por culpa de un tipo de alergia provocada por algunos componentes de la maldita pastilla para la higiene personal. Pero tampoco podré hacerlo con las manos sucias, y lo están: pues he manipulado esa cantidad de documentos llenos de polvo… Pensándolo bien ¡qué asco! llevo las manos llenas de esa porquería transportada por el viento…y quien sabe cuánta basura ha entrado. Será mejor que ni me ponga a imaginar, sino tendré que hacer una lista, y no estoy de humor para eso; tengo bastante con lo que debo ordenar antes que Cristina despierte». Mientras pensaba concientemente en lo que debería hacer, su inconsciente le hizo revolver el botiquín: buscaba algún tipo de desinfectante, alcohol o algo parecido. Sería una buena solución. Encontró los elementos necesarios. Empapó un trozo de algodón hidrófilo en el líquido y se lo pasó, a conciencia, por las manos –que dejaron el algodón negro de mugre– y lo arrojó a la papelera. Por fin pudo vaciar sus riñones y dar descanso a la vejiga a punto de explotar. El agotamiento estaba por doblegarlo; se resistió, y fue decidido a sentarse frente al escritorio para concluir el trabajo que se propuso. Empezaba la labor más dura de esa noche inesperada. Menos mal que el día siguiente sería sábado y no tendría que presentar ninguno de esos documentos. Pensó en ello y se quedó un poco más tranquilo. Decidió hacerlo por etapas, para lo cual se trazaría un plan. Cogió una hoja en blanco donde escribir un orden de acción. No llegó a escribir ni una letra: el cansancio era enorme y los ojos no se aguantaban abiertos; los cerró en un intento por concentrarse y ya no los pudo abrir. Su cuerpo cedió y se desmoronó sobre la mesa. No le dio tiempo a meditar cual sería la mejor posición para no terminar con fuertes dolores en el cuello, o de cómo colocar los brazos para no despertar con las extremidades acalambradas o sentir ese hormigueo causado por la falta de circulación.

La sombra de una paloma se reflejaba sobre el escritorio. El sol pegaba con timidez y entibiaba la anatomía de Javier. Fue lo primero que vio Cristina al entrar en el salón. No le sorprendió la ausencia de su marido en la cama: era habitual encontrarlo dormido en la mesa de trabajo. La ventana estaba abierta, dejaba entrar una suave brisa, y el trino de los canarios, de la vecina del quinto piso, se oía alegrando la mañana. Se quedó un momento para sentir el calor, sin hacer ruido. Javier se despertó sobresaltado. Miró a su alrededor y vio todo en su sitio; no había indicios de lo sucedido por la noche.

–¿Cómo estás cariño?– Preguntó muy preocupado–. ¿Descansaste bien?
–Si, me fui a la cama temprano, tuve un día agotador, ¿no lo recuerdas?
–No bromees, has ordenado todo para darme una sorpresa. Menudo susto el de anoche…
–No se de qué me hablas. Será mejor que termines de despertarte. Deberías dormir más seguido en la cama, querido. Voy a preparar el desayuno– Dijo esto y salió rumbo a la cocina.
Javier estaba aún desconcertado, no sabía si lo sucedido por la noche había sido un sueño, fruto de su imaginación o si Cristina le estaba jugando una broma. Se fijó la hora en el reloj de pared: eran las 8 de la mañana. Se preguntó qué día sería. Abrió el cajón del escritorio para buscar el reloj digital, que además de las horas marcaba los días de la semana y mes –Ese que les había regalado la prima Dolores, y por ser de un gusto asqueroso lo tenía escondido–. Verificó el día, era sábado, 28 de enero de 2009. No le aclaraba gran cosa. Encendió la radio para escuchar las noticias; esperaba que dijeran algo sobre el temporal nocturno: «La pasada noche, un borracho fue atropellado por un ciclista, bajo una hermosa luna llena…» Escuchó esta y otras noticias pero no decían nada de vientos ni tempestades. Entonces pensó en la posibilidad de haber sufrido una pesadilla. Antes de dejar el sillón, estiró las piernas y los brazos, giró el cuello a la izquierda y a la derecha varias veces, y rotó el torso para un lado y el otro. «La gimnasia del día ya está hecha». Se dijo, y fue a sacarse la última duda. Se dirigió a la cocina para desayunar con su mujer y ver si presentaba algún síntoma de la supuesta enfermedad, de la que él estaba convencido que ella sufría. Allí no había nadie, la pila estaba llena de trastos sucios, quien sabe desde cuando; olía a desperdicios orgánicos y las ventanas estaban cerradas. Se tapó la nariz y al salir cerró la puerta. La angustia empezó a fluir desde su estómago, y fue directo al cuarto de baño. Abrió la tapa del inodoro para vomitar. Cuando terminó se dio vuelta para enjuagarse la boca y se encontró con su imagen en el espejo. Pegó un respingo hacia atrás y miró espantado esa cara de espanto que lo miraba. Se tocó el pelo blanco, desordenado, y paseó sus manos por los surcos de la cara. No se recordaba de esa forma. «No, no puede ser; no tengo tantos años como para estar así. ¿Qué está pasando?» Se metió en la ducha y abrió el grifo para ahogar el llanto y los gritos escapados del alma. Le ayudó a salir del aturdimiento en el que estaba sumido. Una vez calmado, se quitó la ropa empapada, y después de secarse el cuerpo, se puso el albornoz. Las huellas de los pies mojados quedaron por el pasillo, a su paso hacia el dormitorio. Tampoco había nadie allí. Un recorte de periódico, sobre la mesilla de noche, llamó su atención. Sintió un escalofrío seguido de un pinchazo en el corazón. Otra vez la zozobra le impedía respirar con normalidad. Se apretó el pecho con la mano que sostenía el trozo de papel. Se recostó para reponerse y poder leer el recorte. Estaba seguro que allí encontraría la respuesta.

Tres días después, desde el quinto piso, se oía la voz de un periodista que leía las noticias en la televisión local: «La soledad y el abandono se ha cobrado otra víctima. Un anciano de 87 años ha sido encontrado muerto en su cama. A su lado había un viejo recorte de periódico. Era una nota necrológica que recordaba el fallecimiento de su esposa: Cristina de las Mercedes Aparicio y Borda, nacida el 10 de abril de 1923 y fallecida el 28 de enero de 1989. Su esposo, Javier Pastor y Tavernet, hace partícipe de su dolor a sus familiares y amigos. Decía la nota en cuestión». Se produjo una leve pausa tras la cual continuó: «Con esta triste noticia ponemos fin al programa. Hasta mañana».

Un relámpago iluminó la oscuridad de la noche, acompañado del retardado trueno, para dar paso a una torrencial tormenta.
La señora del quinto piso cerró la ventana, antes de que el viento hiciera volar los papeles de su escritorio.


SUSANA VILLAFAÑE



Argentina. Del 48. Artista multidisciplinar. Actriz de teatro, cine y televisión. Bailarina. También escritora. Es mi psiquiatra particular y quien mejor retrata las portadas de mis libros. Y, sobre todo, es una buena y fiel amiga.

Comentarios

Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
¡Vaya, qué sorpresa, José Luis! Gracias.
Adriana Serlik ha dicho que…
Excelente relato.
Poma ha dicho que…
Me ha gustado mucho ¡¡
Arturo Gomez ha dicho que…
Guao que hermoso relato poetico!!!..,realmente quede sin palabras!!!..,te felicito logras llegar mas alla de la carne con tus escritos!!!.
Jesús Cárdenas ha dicho que…
Mantiene la tensión en todo momento. Enhorabuena por tu trabajo. Gran relato

http://reductodelaimaginacion.blogspot.com/
JAIRO JAVIER ha dicho que…
EXCELENTE , BIEN ESCRITO , CON UN LENGUAJE FLUIDO Y POÉTICO Y QUE NOS INTRIGA A SEGUIR LEYENDO SALUDOS
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Poma, Arturo, Jesús y Jairo:
La verdad es que no pensaba recibir tan buenas críticas por este relato. Os agradezco que hayáis volcado vuestra opinión lo cual valoro muchísimo tratándose de personas que no me conocen personallmente y que no les une un lazo emocional de ninguna índole.
Me reitero en dar las gracias.

Adriana:
Se que tu mirada crítica va más allá de cualquier especulación y que tus palabras provienen de la profesional que eres. Cariños.

Susana Villafañe.
Lola Mariné ha dicho que…
Muy bien, Susana!
Unknown ha dicho que…
Muy bueno, gracias por compartirlo!
sergidanti ha dicho que…
Muy lindo. La acumulaciónde indecisiones te mantiene en vilo... Se presiente que va a ocurrir una tragedia poer nose sabe cuando ni donde... Muy bonito. Ah: y me encantó lo de las azoteas azotadas (que, desde luego, para eso están!)
Sergio
KENIT ha dicho que…
No se puede meditar tanto para cerrar una ventana.
-Generar un conflicto de decisión es confabular contra uno mismo.
Un abrazo.