lunes, 26 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN. PALMARÉS

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
PALMARÉS

Como es habitual no acerté con los premios. Se decantó el festival por el cine asiático, que, esta vez, me pareció de una pobreza y vacuidad alarmante. Imagino que en la Concha de Oro de Yo no soy madame Bovary de Xiaogang Feng ha primado el esteticismo de la película y su apuesta por formatos excéntricos (pantalla redonda), pero ese jarrón chino es un alargamiento sin mesura de una nimia y absurda anécdota, y además me huele, ya lo dije, a una producción oficial del régimen que se hace una suave autocrítica porque hay que estar más cerca de la ciudadanía y dejar de lado la burocracia. También se ha llevado premio su intérprete femenina Fan Bingbing.

La Concha de Plata al mejor director ha ido a parar al coreano Hong Sang-soo, el Woody Allen oriental que obtiene siempre galardones en los festivales. Su película no era tan insoportable como otras suyas, al menos no repetía la misma historia dos veces, a no ser que me durmiera en una de ellas, y tenía golpes de gracia.
No puedo juzgar a Eduard Fernández. No vi su interpretación de Paesa en El hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez, pero seguro que estuvo convincente en ese film. La muy estimable cinta Que Dios nos perdone se ha llevado el premio al mejor guion escrito por Rodrigo Sorogoyen, pero son mejores sus imágenes vibrantes que su escritura.  

Equiparar con el premio especial del jurado la película sueca El gigante y la argentina El invierno es un insulto para Emiliano Torres, director de la segunda. El gigante es sencillamente infumable; El invierno roza la maestría y es infinitamente mejor que Yo no soy madame Bovary, pero ese no ha sido el parecer de Bille August, presidente del jurado.
Se ha hecho justicia para la griega Park de Sofia Exarchou, que ha ganado en la sección Nuevos Directores. Es muy estimable y retrata muy bien la actual situación de asfixia griega a través de sus jóvenes protagonistas. El premio Horizontes para Rara, de Pepa Martín, no lo discuto: es una película simpática y reivindicativa. El público ha premiado Yo, Daniel Blake de Ken Loach, seguramente muy identificado con esa víctima de la crisis que puede ser cualquiera de ellos. Lamentable que se haya ido sin galardón la chilena Jesús y la polaca Playground, las dos únicas cintas que levantaron de sus asientos a un público conmocionado por sus escenas de violencia.
Y La reconquista de Fernando Trueba no consiguió, finalmente, la Concha de Oro, que todo era posible.





viernes, 23 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (8)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
OCTAVA JORNADA

Ando muy despistado, definitivamente. Se me ha escapado Mónica Bellucci y no me entero de que Jennifer Connelly, una de las actrices que este que escribe adora desde que la vio en Érase una vez en América de Sergio Leone y la volvió a encontrar en Réquiem por un sueño o La brigada del sombrero, estuvo a dos pasos de cruzarse conmigo. Este maldito vicio del cine no me deja tiempo para frivolidades de ningún tipo. La cinefilia es una especie de sacerdocio. He perdido todo el bronceado de días atrás. Soy hombre murciélago.
Hoy no hay sesión a las 10 de la mañana, por primera vez en el festival, y me siento francamente raro desayunando tranquilamente en Ogiberri, una de las muchas panaderías que se habilitan como cafeterías a condición de que uno sea su propio camarero, así es que desayuno un zumo de naranja amargo, un enorme pastel vasco con ikurriña y rebosante de crema y un café con leche porque me espera una película japonesa de casi dos horas y media y no es cuestión de que rujan las tripas a mitad de proyección en el Kursaal. Y mientras desayuno apaciblemente, porque dispongo de más de una hora para hacerlo, compruebo estupefacto el entusiasmo que produce La reconquista, la que para mí es una de las peores películas de la selección oficial, mano a mano con la sueca El gigante. ¿Será que ya no sintonizo con las nuevas tendencias del cine?
Mientras se consume el tiempo para que deje San Sebastián, empiezo a elaborar mentalmente mi quiniela de posibles películas vencedoras del certamen, pero seguro que me equivoco en mis predicciones y La reconquista, Colossal o El gigante  marchan de Donostia con alguna Concha bajo el brazo. El cine es algo muy personal y lo que a uno le pueda parecer sublime a tu vecino de butaca le puede parecer una plasta insufrible. Pero vamos a por mi hit parade de la Sección Oficial y la lista de películas que merecerían salir con algún premio bajo el brazo bajo mi modesto parecer: la argentina El invierno de Emiliano Torres, atmosférica, bella, inquietante, con personajes de verdad que no tienen que hablar mucho para definirse y mucho cine en cada uno de sus fotogramas; la chilena Jesús de Fernando Guzzoni, la más cruda del certamen, sin duda, pero demoledora en su retrato de esa relación padre/hijo tan terrible y distante, y por la provocación de sus imágenes; la británica Lady Macbeth de William Oldroyd, que, pese a su clasicismo estético, resulta rompedora en el tratamiento de los personajes y en la crudeza de alguna secuencia; la polaca Playground de Bastosz M. Kowalski, helado retrato de unos psicópatas infantiles; y ese casi redondo thriller español que Rodrigo Sorogoyen borda en Que Dios nos perdone. Apuesten lo que sea a que no acierto ninguna.

Rage es el thriller japonés que va a competición. Li Sang –Il tiene oficio, sabe manejar la cámara, obtiene impactantes encuadres con ella (benditos drones y sus espectaculares tomas aéreas de esa lancha que va y vine a un islote), maneja un presupuesto alto, y todo eso se agradece. Si añadimos que la película ha sido rodada en la isla tropical de Okinawa, de arenas blancas y aguas turquesas, tendremos un empaque visual impactante. Un crimen sangriento, un matrimonio que aparece masacrado en su casa, sacude la vida tranquila de una pequeña población de pescadores de la isla  y origina un entramado de sospechas entre sus habitantes. Dos chicas y un joven homosexual temen que su pareja sea el asesino despiadado.
Li Sang-Il construye su relato cinematográfico sobre falsos culpables pero la historia central, con la que se inicia, se pierde en esas subtramas sentimentales. Una de las protagonistas femeninas, además, es violada por un grupo de soldados americanos, para dispersar más la atención. La imbricación de esas tres historias sentimentales en la trama policial inicial, de la que acaba olvidándose el director para retomarla al final, es uno de los puntos débiles de un film cargado de fuerza pero con un guion fuera de toda coherencia y tramposo (cualquiera puede ser el asesino y, finalmente, no es eso lo medular de la película). Lee Sang-Il abusa, además, de subrayados sonoros y musicales.  Pero, y eso es un punto a favor, la película no aburre, es muy entretenida.

Sobre el papel no perecía muy atractiva la incursión de Denis Villeneuve en la ciencia ficción. Leyendo la sinopsis de la película Arrival parece que sea una versión menos edulcorada de Encuentros en la tercera fase, porque la premisa argumental es la misma: una serie de naves extraterrestres llega a la tierra y el coronel del ejército norteamericano Webber (Forest Whitaker) contacta con una lingüista muy competente, la doctora Louise Banks (Amy Adams), y el científico Ian Donnelly (Jeremy Renner) para que se enteren de cuáles son las intenciones de los alienígenas. Pero tratándose del director canadiense Denis Villeneuve, al que descubrí en Incendios y me subyugó con ese thriller fronterizo y de narcos llamado Sicario que vi en la pasada edición del festival de San Sebastián, no podía defraudar. Arrival, La llegada cuando se proyecte en salas comerciales, es ciencia ficción filosófica, así es que esta película con austeros efectos especiales, pero más que suficientes, y unos extraterrestres hectópodos que se comunican a través de un vidrio irrompible en el que proyectan su particular lenguaje en forma de dibujos circulares con una tinta que sale de sus cuerpos, como si fueran calamares gigantes, se aleja del almíbar de Steven Spielberg para aproximarse a la trascendencia de Stanley Kubrick. Denis Villeneuve, que domina a la perfección los recursos visuales de la película y no rehúye lo inquietante (la humanos trepan por un largo pasadizo ingrávido para acceder a la nave que es un gigantesco bloque de piedra negra), da un salto en el vacío, que le sale redondo, introduciendo con naturalidad pasmosa en la trama la relatividad espacio / temporal que se aplica sobre sí misma la doctora Louise Banks, y el film desprende, en sus minutos finales, un halo perdidamente romántico que enaltece lo que parecía una historia de ciencia ficción pura y dura. Hay que descubrirse ante la versatilidad del director canadiense cuya película, si concursara en la sección oficial, saldría con premio, pero es una perla, un diamante, diría yo, a la altura de Frantz de François Ozon.

 Y llegamos al final, un buen broche para este festival de cine. L’Odyssée de Jerôme Salle es una lujosa producción rodada en escenarios naturales de gran belleza que gira en torno a la controvertida figura del comandante Jacques Yves Cousteau (Lambert Wilson se mete de lleno en el papel, lo borda), más hombre de negocios que defensor de la naturaleza, y su hijo Philippe (Pierre Niney, el intérprete de Frantz), un verdadero ecologista con el que a menudo estuvo enfrentado. De gran belleza plástica (las imágenes de la Antártida son espectaculares) y con momentos dramáticos muy bien resueltos (tanto Lambert Wilson como Audrey Tautou, que interpreta a la abnegada esposa del oceanógrafo, están sencillamente impecables cuando reciben la peor noticia posible), L’Odyssée es un ejemplo de cine comercial realizado con una gran dignidad.

Y hasta aquí he llegado. Ahora es la hora de los jurados.




jueves, 22 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (7)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
SÉPTIMA JORNADA

Olvidemos el secular respeto hacia los mayores en la China tradicional. Ese batiburrillo de comunismo y capitalismo que reina en el gigante asiático en la etapa post Mao produce situaciones muy extrañas, como, por ejemplo, que la asistencia sanitaria no solo no sea completamente gratuita sino bastante onerosa, y que los pensionistas vivan en la indigencia. Ciento cincuenta años de vida son los que suman un abnegado padre de 90 años y su hijo dependiente de 60. Viven en un modesto apartamento a las afueras de Beiging que el padre, a pesar de su edad, mantiene limpio y ordenado. Ese padre nunca se olvida de cocinar para su hijo, al que a menudo pierde cuando sale con él a la calle, por lo que le cose sus señas y teléfono en la camiseta para que se lo devuelva quien lo encuentre. El padre tiene dos hijas desalmadas, en el sentido más exacto del término, para las que el hermano es “el idiota” y él un estorbo al que quieren meter en el asilo para quedarse con su pensión y su casa. Ciento cincuenta años de vida es una película hecha de silencios (los diálogos son mínimos) y estruendos (el teléfono cuando suena; el ruido ambiente del tráfico en la calle; las chicharras de ese descampado en donde tiene lugar una de las secuencias más crueles del film). Dos momentos especialmente impactantes en este film de Liu Yu, su joven y talentoso director: las dificultades del anciano para levantarse del suelo tras una caída; el yerno que abandona al cuñado “idiota” en un paraje perdido. Ciento cincuenta años de vida es una oda a un héroe de 90 años que no abdica de sus responsabilidades con su hijo: exactamente el reverso del padre de Jesús.

Jonás Trueba, joven pero ya con una larga carrera a sus espaldas (Todas las canciones hablan de mí, Los ilusos y Los exiliados románticos) es el último vástago de una familia de directores. Imagino que Fernando Trueba puso a su hijo el nombre de Jonás pensando en Alan Tanner. Su hijo, aquejado de cinefilia, bautiza con el nombre de Olmo (Novecento) al protagonista de La reconquista que va a esta Sección Oficial tan sumamente irregular. El reencuentro de dos jóvenes, Manuela (Istaso Arana), que vive en Buenos Aires y está unos días de paso por Madrid,  con Olmo (Francisco Carril), que a los quince vivieron su primera historia de amor, dará lugar a una noche larga que comparten entre copas, castañas en la calle (es Navidad), el concierto del padre de ella en un bar y bailes de salón en un local. Planos estáticos eternos, diálogos impostados, secuencias de canciones para consumir minutaje, pobreza absoluta de planificación, intérpretes poco dotados para lo que se espera de ellos y un guion sin sustancia que no cuenta nada es el poco positivo bagaje de este film. La levedad de propuestas de La reconquista es inversamente proporcional al peso de la apasionada Porto, por ejemplo. Hubo deserciones, por aburrimiento. Yo no salí por no levantar la fila y lamenté que mi sobredosis de cafeína (el del desayuno de Oquendo, los que me voy tomando entre proyección y proyección) me impidiera dar una cabezadita.

Hoy es un mal día, aunque luzca un sol espléndido y el oleaje suave suba Urumea arriba. Mal día hasta en Oquendo en donde hay más gente de la cuenta y las camareras están desbordadas. Mala tarde en el Trueba con una película china (el mito de calidad del cine de Extremo Oriente empieza a desmoronarse con la sobreproducción de títulos), Something in Blue de Yumbo Li que va a la sección Nuevos Directores. Al contrario de su compatriota de la mañana, el de 150 años de vida, éste realmente no tiene nada que contar. Un grupo de cuatro jóvenes sueñan con un futuro incierto en la nueva China. Son muchachos occidentalizados a los que les pirra comer hamburguesas en McDonald. Hablan de sus chicas y de sus trabajos endebles. Hablan y hablan de sus cosas. Podrían estar hablando hasta que se hiciera de día sin que me despertaran el más mínimo interés sus problemas. Son 107 minutos de nadería absoluta, rematados por frases de una obviedad aplastante,  que se hacen eternos. Lo único bueno es Something in Blue de Yumbo Li es la canción Something in Blue de Thelonious Monk que da título al film y es su banda sonora.

Casi nunca buenas novelas dan lugar a buenas películas. Philip Roth es el gran cronista del Estados Unidos de los últimos cincuenta años, un maestro indiscutible de la narrativa norteamericana con un puñado de obras importantes, pero la versión cinematográfica de Pastoral Americana deja mucho que desear aunque tenga, al menos guión: ¡hay historia! Ewan McGregor se pone delante y detrás de la cámara para contar el melodrama del Sueco (Ewan McGregor), legendario deportista al que la vida le sonríe, hereda una fábrica de guantes de su padre y se casa con una ex reina de la belleza, la glamurosa Dawn (Jennifer Connelly); de esa unión tiene una encantadora hija, Merry (Dakota Fanning), tartamuda, que, cuando crezca, se convertirá en una radical antisistema que acabará con la placidez de la familia, dinamitándola literalmente. La película funciona bien (excelente ambientación; buenas las escenas de la agitación pacifista contra la guerra de Vietnam; bien insinuada especial relación padre/hija que roza lo incestuoso por parte de ella; buen dibujo de los personajes) hasta que se tuerce al final, precisamente en el tramo melodramático que Ewan McGregor no sabe resolver y resulta bastante ridículo. Una pena.


Suerte que la última del día, la coreana que va a la Sección Oficial Yourself and Yours, equilibra esta jornada tan mediocre, la peor del festival. Hong Sang-soo, uno de los más prestigiosos cineastas surcoreanos (Right Now, Wrong Then, The Day He Arrives, En otro país…), construye una comedia romántica minimalista con sentido del humor e ironía. Min Jung (Lee You Young) tiene problemas con la bebida, discute por ese motivo con su novio Young-soo (Kim Joo-Hyuck) y desaparece para beber con otros hombres; Young-soo, perdidamente enamorado de ella, la buscará por la ciudad, pero cuando la encuentre Min Jung negará ser quién es y su novio aceptará ese juego como el inicio de una nueva etapa con ella. Con secuencias estáticas y bien dialogadas, separadas por fragmentos subrayados por una eficaz banda sonora de Dalpalan, que ayuda mucho, el surcoreano compone una comedia deliciosa, ¿o será que la magnifico por todo lo que me he tragado antes?





miércoles, 21 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (6)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
SEXTA JORNADA

Pasado el Ecuador, administro tan perfectamente los tiempos que hoy hasta puedo desayunar en Oquendo café con leche, cruasán y zumo de naranja. En el Principal me espera una suave historia de amor coreana dentro de la sección Nuevos Directores. Otra historia de amor va de relaciones lésbicas, como la chilena Rara, pero con el ingrediente pasión de los inicios y una escena de sexo que nada tiene que envidiar a la de Porto. Yoon-ju (Lee Sang Hee) es una estudiante de Bellas Artes de treinta años que no tiene todavía novio. En una tienda de segunda mano, en donde compra objetos varios para su composición artística de fin de curso,  coincide con la desinhibida Jii-Soo (Ryu Sun-Young) que  trabaja de camarera en un restaurante y en un bar de copas. Cuando Jii-Soo le invite a pasar la noche en su casa,  Yoon-ju se dará cuenta de que le gusta e inicia una relación amorosa con ella. El coreano Lee Hyun Ju narra los contratiempos de esa relación desigual, los desequilibrios amorosos que suelen producirse. Bien realizada, pero escasa sustancia.

Llegó la neoyorquina Sigourney Weawer al festival y hoy lo hará un cineasta de peso, Oliver Stone, y la española Isabel Coixet. La heroína de Alien pasea su elegante estampa por la Concha. Imposible verla yo, que estoy sumergido en las catacumbas del cine. La familia Bigas Luna está en el festival, y cuando hablo de familia no me refiero sólo a su familia directa, a su viuda Cèlia Oròs, sino a esa otra familia hacia la que el director mostró siempre un enorme cariño. Bigas Luna fue el otro padre de Javier Bardem, Jordi Mollá, Leonord Watling y Aitana Sánchez Gijón que han estado aquí acompañando ese último viaje que es Bigas x Bigas.

Se produce el segundo escándalo del festival, la segunda película que hace salir precipitadamente, de estampida, a algunos espectadores del Kursaal. La chilena Jesús de Fernando Guzzoni va a la Sección Oficial y contiene escenas de sexo real entre varones y una larguísima y terrible secuencia de linchamiento nocturno en un parque. Revuelve conciencias, de eso se trata, y también estómagos. Jesús es un adolescente sin rumbo que vive con un padre hosco que muestra nulo afecto por él; tiene un grupo de amigos, en parecida situación, con el que ensaya coreografías con la idea de que alguien se fije en ellos; pasan el tiempo muerto esnifando cola, viendo videos snuffs de decapitaciones y buscando en el sexo hetero u homosexual un desahogo momentáneo sin afecto. En una noche de borrachera, linchan a un joven en un parque, simplemente para divertirse. Cuando Jesús, el más débil del grupo, quien todavía tiene un mínimo atisbo de humanidad, confiese a su padre su fechoría, se le plantea a éste un doloroso dilema hacia la carne de su carne. Jesús habla de la banalización de la violencia, de la ausencia de valores éticos en la sociedad presente, de la dejación de responsabilidad de los padres en la educación de los hijos y de una juventud desnortada que actúa como psicópatas y tanto puede caer en las redes de los narcos como en la de los terroristas islamistas. Otra película terrible, como la polaca, sobre jaurías formadas por cachorros humanas.

Me temo que me estoy convirtiendo en una página de publicidad gratuita de Oquendo. Ya he establecido un rito y a las 14 horas estoy como un clavo en el local en el que ya soy cliente habitual. Como el mejor salmorejo posible, y, puestos a ser fiel a la gastronomía cordobesa, sigo con lomo ibérico con setas. La simpática camarera que me atiende me ofrece un gin tónic regalo de la casa.   

Dejemos a un lado a los psicópatas y a los chicos malos. La mayor parte de la humanidad está formada por gente buena, honrada, íntegra. Esos son los personajes eternos de ese irreductible luchador del cine social que es Ken Loach. Yo, Daniel Blake es el retrato de un ciudadano cualquiera en esta Europa devastada por la crisis inventada para laminar a la sociedad, para que suceda precisamente lo que acaba pasando en la película del director de Felices dieciséis. Daniel Blake es un carpintero viudo que sufre un infarto y al que no le dan la invalidez provisional y tampoco trabajo porque no es apto para él. Una endemoniada burocracia, con sus normas absurdas, y un servicio sanitario externalizado le pondrán todas las trabas habidas y por haber. En su odisea, este luchador que no agacha la cabeza se encuentra con una joven madre con dos niños y sin trabajo que no puede encender la calefacción y ha de prostituirse. Daniel Blake lo ve claro: todo se orquesta para que los Daniel Blake de este mundo, el excedente humano, desaparezca de los ordenadores. La burocracia mata, en el Reino Unido de los conservadores. La película de Ken Loach, como todas las suyas, destila humanismo social y peca de ingenuidad.

Seguimos con el cine de denuncia. Del Reino Unido a Estados Unidos, y, de nuevo, al estado que no está al servicio de sus ciudadanos sino contra ellos. Snowden es una película muy esperada aunque su director, Oliver Stone, ha perdido su fuelle narrativo hace muchos lustros, y aquí no lo recupera. De los drones usados para fines pacíficos, para esos maravillosos planos cinematográficos aéreos, a los drones como armas de asesinar indiscriminadamente con un simple click de ordenador. Ed Snowden puso al descubierto un programa de control de comunicaciones masivo que conculcaba las leyes de su país. Al margen de sus buenas intenciones de denuncia política, que nadie le discute, el director de JFK construye un thriller farragoso y carente de tensión en el que el espectador se pierde en la maraña de datos informáticos y pantallas con algoritmos y poco conoce a su personaje central más allá de ser un agente de la CIA que fue desengañándose paulatinamente. Ed Snowden, como Julian Assange, los mensajeros, están proscritos, mientras que los delitos denunciados no se han juzgado ni sus responsables han sido puestos a disposición de la justicia. Eso es el poder: la impunidad.


Viajo al paisaje desolado de la Patagonia en El invierno, de la mano del argentino Emiliano Torres que concurre en la Sección Oficial, a una hacienda de ovejas al cuidado de un anciano capataz, Edie (el actor chileno Alejandro Sieveking, el cura mudo de El club) a la que cada verano sube una cuadrilla de hombres para esquilarlas. El hacendado jubila forzosamente al anciano que regresa a una ciudad en la que no se ubica porque su hija no quiere saber nada de él y sus nietos ni le conocen. Mientras, el más joven de la cuadrilla, una guaraní llamado Jara (Cristian Salguero) se hace cargo de la hacienda patagónica. Y cae el invierno, frío, desolador y hasta inquietante. Naturaleza hostil y vida dura servida con imágenes de fría belleza y personajes hoscos y solitarios y un curioso viraje del realizador hacia el cine de terror (por un momento esa hacienda destartalada barrida por el viento, que se queda sin luz porque se estropea el generador, de la que se ausentan los perros y un caballo aparece malherido en la caballeriza, puede remitir a John Carpenter) y hasta al western (Jara cabalgando y descubriendo el escondrijo de un intruso en la zona) que no chirría. 





martes, 20 de septiembre de 2016

CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (5)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
QUINTA JORNADA

Tercer día sin desayunar y ya estoy pasando el Ecuador. La ausencia de cafeína la nota el cuerpo. Y sacrifico el desayuno por nada. O casi nada. Pinamar es una película argentina dirigida por Federico Godfrid que va a la sección Nuevos Directores. Dos hermanos, Pablo (Juan Grandinetti), introvertido, y Miguel (Agustín Pardela), extrovertido, van a la población costera de Pinamar para aventar al mar las cenizas de su madre y vender el apartamento de los veraneos, y se disputan una misma chica (Violeta Palukas); la experiencia les sirve para conocerse un poco más. Nada más que contar. Escasa sustancia. El cine, como todo arte, ha de sacudirte, aunque sea de risa. En Pinamar nada, no te sacuden ni las olas de una playa vulgar que podría estar por Benidorm. Echo de menos ese café con leche y el pastel vasco que suele acompañarlo, una bomba calórica a base de bizcocho de almendra y crema, que me he perdido por mi disciplina cinéfila. Y no me da tiempo de tomarlo en ninguna de las cafeterías que me cruzo camino del Kursaal, porque no tengo tiempo. 

Muchísimo público para la película americana As you are que va a competición en la Sección Oficial. La experiencia es un grado y trepo escaleras arriba, labor complicada con el estómago vacío, hasta el último anfiteatro del mastodóntico Kursaal, otro gigante, para ocupar un asiento central: me olvido forzosamente en el festival de la fila 7. Miles Joris-Peyrafitte es discípulo desaventajado de Gus Van Sant. La historia mil veces contada de adolescentes que sufren las consecuencias de parejas desestructuradas y no se encuentran. Deberían hacer desaparecer la adolescencia por decreto ley. La película está contada a través de las entrevistas policiales de una investigación criminal. Dos muchachos inadaptados, Jack (Owen Campbell) y Mark (Charlie Heaton) que entran en relación cuando sus respectivos padres separados Karen (Mary Stuart Masterson) y Tom (Scott Cohen) se enrollan y toman la decisión de irse a vivir juntos a una de esas maravillosa casas prefabricadas plantadas sobre un jardín que forman parte del sueño americano. Entre los chicos nace algo más que una amistad a pesar de que una muchacha mulata de buen ver, Sarah (Amanda Stenberg) agita sus hormonas adolescentes. Tom, el padre de Mark, es guardia de seguridad y un pirado de las armas y del cuerpo de marines. Los muchachos se contagian por la adicción a las armas de fuego y pasa lo que leemos a diario en ese país de locos que quiere importarnos su detestable forma de vida y lo está consiguiendo a marchas forzadas. La película es muy floja, no engancha, y sus adolescentes actores aburren con su estética Nirvana y sus porros. Tan sosos como los hermanos argentinos de la sesión anterior, aunque tengan pistola. Mientras la veía pensaba en la comida que me iba a regalar en Oquendo. Triángulo vital  Bigas Luna: sexo, comida y reflexión. Algo me falta en Donostia.
            Vayamos a lo medular. Oquendo. Si no hay buen cine echemos mano del buen yantar.  Las chicas ya me conocen y me dejan elegir mesa. Pido pastel de pescado y una merluza con salsa verde y patatas que me sabe a gloria bendita.  Vino blanco Veliterra, un Rueda exquisito. Lo hago constar para acordarme de él, así lo dejo apuntado en alguna parte. Hoy me dejan la botella entera. En unos días les pido descuento. Miro a mi alrededor a ver si veo alguna estrella. Ni una más allá de Emma Suarez cuya cara me mira desde el mantelito, bajo el plato.
            Aunque me he perdido algunas de las películas de la Sección Oficial, vuelvo a constatar que es la más floja, de nuevo, del festival donostiarra, cuando debería ser la sección estrella. Las mejores, aunque no me las compraría en video, la británica Lady Macbeth y la española Que Dios nos perdone. En la sección Nuevos Directores la cosa estaría reñida entre la griega Park, la cosmopolita Porto, la  neerlandesa Waldstille y Pretenders, que sí me compraría en DVD. La perla más exquisita El porvenir, sin duda y la poética excentricidad de Emir Kusturica.

            Llega la polémica al festival con Polonia. Polonia es el país que tiene un mejor ratio de cineastas notables del mundo. Enumerarlos sería prolijo. No son buenos, son muy buenos. Tienen unas escuelas de cine extraordinarias de cuando el período soviético. Playground, aportación del país centroeuropeo a la Sección Oficial, va de niños, esta vez, en el seno de familias desestructuradas en donde no hay nadie y se les exige a ellos un comportamiento de adultos, pero ello no justifica sus conductas. Uno tiene un padre dependiente al que debe cuidar en ausencia de la madre que trabaja (pero le golpea con saña, una vez lo ha metido de nuevo en la cama después de asearle); otro se rapa la cabeza y está harto de dormir en su habitación con un bebé que le quita horas de sueño. En el colegio hacen bullying a una niña gordita de la que se burlan y a la que graban con sus dichosos teléfonos móviles que se están convirtiendo en arma delictiva masiva. Quien cree que los niños son angelitos celestiales se equivoca. En los colegios, en mis tiempos, regía la ley carcelaria y el que era gordo, miope o pelirrojo, diferente, lo pasaba francamente mal: o eras acosado o te convertías en acosador. La película de Bartosz M. Kowalski recuerda en algunos momentos al Krzysztof Kieslowski de los mandamientos o al más despiadado Michael Haneke. Sí, de nuevo el director austriaco presente en el festival aunque no concurra con ninguna película. En realidad, y la inquietante música nos lo indica desde un primer momento, y esas imágenes de las cámaras de seguridad que grabaron el secuestro en unos grandes almacenes, el director polaco reconstruye con fidelidad absoluta un crimen atroz, el que cometieron dos niños contra otro apenas bebé al que machacaron literalmente y arrojaron a la vía del tren hace muchos años en el Reino Unido. Ese último tramo, el del asesinato, está rodado a cámara fija y distante, una variante del fuera de plano, y en tiempo real, lo que no era necesario: los espectadores sensibles se levantaron en masa e indignados del Kursaal buscando la salida. No es una película que pueda gustar, porque no hay concesiones al espectador, pero es una llamada de atención para que vigilemos a nuestros pequeños que sin  nuestra guía pueden convertirse en los psicópatas más desalmados. Atroz.

            Algo más humano tras una merienda ligera. Rara está dentro de los Horizontes Latinos y se proyecta en los cines Trueba. La película chilena de Pepa San Martín va de conflictos madre-hijas-padre. Los padres se separaron y el uno se volvió a casar y la otra se unió a su novia. No hay problemas hasta que el padre empieza a reclamar la custodia de las hijas que viven con la madre y su amante, y ahí surgen las tensiones en las que las víctimas de esas cuerdas afectivas que tiran de un lado y de otro son las hijas. Melodrama sereno y sin aspavientos, bien dirigido y mejor interpretado por un elenco de adultos y dos chiquillas. La película me gusta, pero me retuerzo en la butaca durante la proyección: tantas horas sentado en  los cines también agota.
            Tengo que hacer tiempo, aunque la frase correcta sería tengo que hacer que el tiempo corra, que se gasten los minutos, hasta que espero que se proyecte en el Principal Frantz, la última película de François Ozon, un director francés que no es fiable al cien por cien. Tengo mono de Bloody Mary pero la terraza del club Kulture está cerrada y el local es un antro exclusivo en donde no pego como socio. Así es que me siento en la terraza de la cervecería Barandarian, frente a la pastelería Oiartzun, que tiene el mejor pastel vasco de la ciudad pero también el peor café, y pido una caña. La caña es un vaso gigantesco de cerveza en el que me puedo lavar las manos y me dura los noventa minutos que debo esperar. Parece que mi cuerpo se va a haciendo al ritmo donostiarra del festival y ya ni echo en falta la siesta. Pasan por delante surfistas descalzos, ciclistas, corredores con tensiómetros en la muñeca, acreditados del festival con las tarjetas colgadas del cuello que cruzan diez veces el río Urumea, toda clase de deportistas en una ciudad en la que sus habitantes lucen estupendos y glamurosos.  

            Glamour encuentro en Frantz, una perla pura. Mis temores son completamente infundados y me enfrento a la mejor película de François Ozon, que me obliga a olvidar Una nueva amiga y replantearme la valía del director de Joven y bonita. Frantz es caligrafía exquisita y emotividad a flor de piel ahora que a todo el mundo se le llena la boca con la palabra romanticismo sin saber qué es. Frantz es romanticismo. Anna (la exquisita actriz alemana Paula Beer cuyo parecido con Sylvie Kristel es más que notable), va cada día al cementerio de la localidad alemana en donde vive a dejar flores en la tumba de su novio Frantz que murió en una de las batallas de la Primera Guerra Mundial; un misterioso francés, Adrién (Pierre Niney, el doble de Salvador Dalí) también pone flores en su tumba y ella y los padres de Frantz quieren saber por qué. Frantz es una historia de amor en tiempos de entreguerras, un alegato antibelicista que habla también del círculo de mentiras piadosas que no se pueden romper si se quiere evitar hacer daño a los seres queridos: miente Adrién a Anna, por piedad; miente Anna a sus padres por el mismo motivo. Fotografía excelsa en color y en blanco y negro; dirección artística rigurosa;  buenas interpretaciones; banda sonora adecuada y un guion sin una sola fisura que sabe a clásico. Si el tramo en Alemania es bueno, el francés, con Anna buscando desesperadamente por París a Adrién, lo supera. El amor que no es lo personifica ese tren envuelto en vapor que Adrién deja partir sin subirse a él. Y el amor es esa Anna fiel al cuadro de Manet El suicida del Museo del Louvre que visita a diario porque quizá, un día, reencuentre allí a Adrién. Frantz justifica San Sebastián y François Ozon pone una perla en su brillante carrera.

Mañana más, pero difícilmente mejor.




lunes, 19 de septiembre de 2016

LITERATURA / DEMASIADO RUIDO, DE JOSÉ JAVIER ABASOLO

DEMASIADO RUIDO
José Javier Abasolo

Lo digo porque lo siento: José Javier Abasolo es uno de los mejores escritores de novela negra de Euskadi (ahí está Jon Arretxe, haciéndole la competencia, y Juan Bas afilando su humor desternillante) y un autor que nadie que ame la novela negra debería perderse. Una larguísima carrera de títulosPájaros sin alas, La luz muerta, El día de la independencia, La última batalla, Antes de que todo se derrumbe, Una del Oeste y algunos premiosPrensa Canaria y Francisco García Pavón avalan a este abogado de Bilbao de la cosecha del 57 que suele introducir afilados estiletes en una prosa aparentemente, subrayo lo de aparentemente, átona y pausada. Forma parte de su estilo literario, de su personalidad: hablar de cosas atroces sin cargar las tintas; introducir el elemento irónico para establecer una cierta distancia entre lo narrado y el lector, un recurso que él utiliza de forma magistral mientras otros desbarran. Cuestión de talento.

Estructurada Demasiado ruido alrededor de la misteriosa muerte de un mendigo, abrasado por un grupo de subsaharianosotro acierto de la novela, la enumeración de los capítulos y su exacta localización temporal: Capítulo I. Siete meses antes de la muerte del mendigo, y así sucesivamente, Mikel Goikoetxea, Goiko, ese antihéroe tan humano como el propio José Javier Abasolo, expulsado de la ertzaina injustamente y que malvive como detective privado sin éxito al que tientan con feos asuntosEs cierto que saliste bien librado de aquellas acusaciones, pero eso es agua pasada y ahora tan solo eres un civil que trabaja como detective. Y por lo que sabemos, metiéndote en asuntos para los que un detective no tiene competencias, indaga lo que hay detrás de esa muerte brutal y sin explicación y descubre una madeja criminal en la que están implicados subsaharianos, policías marroquíes y un viejo conocido rumano.

José Javier Abasolo es brillante tanto en la descripción anímica de sus personajesPorque está muerto, lo sabe. Que ande, que mueva los brazos para abrir la puerta de la habitación, que sus ojos alcancen a ver dónde están situadas las escaleras, no son más que gestos mecánicoscomo en su desastrada vestimenta consecuencia de éstaY es que allí estaba yo, al otro lado del vestíbulo, un hombre vestido con una vieja y sucia camiseta que un día ya muy lejano había sido blanca y que tenía varis agujeros a la altura del ombligo y de los sobacos, un holgado calzoncillo también de color blanco que había combatido en mil batallas y que, seguramente, las había perdido todas, sin afeitar, totalmente despeinado y oliendo a una mezcla de alcohol de garrafa y perfume barato de mujer—.
Hay en Demasiado ruido escenas sencillamente memorables, por su maestría literaria y gracia con que están contadas, como cuando Goiko interrumpe una fiesta de borrachos vecinos que le impide dormir y con un diálogo tan natural como brillante, que seguro el escritor vasco ha oído en algún lugar, reconduce la situación que está a punto de tensarse, o hace gala el autor de su humor irreverente, que ya es marca de la casa: Y también es cierto que, por lo que es su momento me confesó mi difunto amigo y antiguo benefactor y beneficiario de las señoritas, éstas follaban como leonas y sabían chuparla como dios, en el dudoso caso de que Dios se dedicara a esos menesteres lo que, según las últimas reflexiones de los teólogos vaticanos, no parecía muy probable.

Estaba claro que lo suyo no eran los títulos ejecutivos, con o sin convenio regulador, sino más bien ejecutar a la gente, independientemente de sus títulos. Observo, y me congratula como amigo y colega porque, si la memoria no me falla, se lo aconsejé, que José Javier Abasolo recupera en Demasiado ruido a alguno de sus personajes más duros y siniestros de novelas anteriores, como el sicario rumano Vladimir, un villano que hiela la sangre, un hallazgo literario al que debía darle otra oportunidad: Lo que precisamente no es el caso ya que el trabajo de Vladimir es, o ha sido hasta no hace mucho, matar a la gente.
Demasiado ruido es multicultural, en la peor acepción de la palabra, porque está lo peor de cada cultura: un sicario rumano; un policía marroquí absolutamente corrupto y oscuro que mueve los hilos, Salif; y un grupo de subsaharianos asesinos, más un grupo de putas, esas sí, tiernas y agradecidas, que recibe Goiko como herencia, son algunos de los personajes que pueblan ese Bilbao por cuyas calles José Javier Abasolo circula con su última novela negra.

En el plano de la estructura narrativa es un acierto que José Javier Abasolo vaya poniendo el foco en uno u otro personaje, lo que hace que la novela, a pesar de sus más de 400 páginas, se lea con fruición, y que utilice el autor de Antes de que todo se derrumbe tanto la primera como la tercera persona con habilidad endiablada sin que se pierda nunca el hilo narrativo ni baje un ápice el interés.
José Javier Abasolo es uno de los grandes de la novela negra española, pergeña personajes de gran humanidad (el propio Goiko y su relación sentimental con Lola, porque no todo es muerte y desazón en la novela negra, aunque sí, hasta ahí también), domina una prosa eficaz, tiene un exquisito oído para los diálogos y maneja la tensión  dramática in crescendo.
Sólo una pega, porque nadie es perfecto (Billy Wilder dixit): sobran las explicaciones de las últimas páginas.





                                               

CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (4)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
CUARTA JORNADA

La sombra de Michael Haneke es sumamente alargada. Y la de Funny Games, en concreto, hasta en la atronadora y agresiva banda sonora de Pretenders. Cambio el desayuno de café con leche y pastel vasco por la coproducción entre Estonia y Lituania que se proyecta en la Sección Nuevos Directores en el cine Principal. Poco público, por fortuna, y por una vez en el festival veo una película en condiciones y hasta soy capaz de leer los subtítulos porque no tengo ninguna cabeza delante. Una pareja en crisis, que acaba de  tomar una decisión dolorosa y traumática, Anna (Mirtel Pohla) y Juhan (Priit Voigemast), pasa unos días en la lujosa casa de diseño que les dejan unos amigos en la costa estonia. Cuando acogen a una inquietante pareja de campistas (Meelis Rammeld y Mari Abel) en su casa prestada, la situación entre Anna y Juhan empeora, y más cuando ella coquetea descaradamente con él basándose en que su relación con su novio es abierta en lo sexual. Anna asumirá ante los desconocidos la propiedad  de la lujosa casa y mantendrá su impostura a pesar de la oposición de Juhan.
La película del estonio  Vallo Tomia inquieta desde la primera secuencia con plano cenital del coche de los protagonistas que se desliza por una carretera solitaria entre árboles (benditos sean los drones con fines pacíficos) y el director hace crecer la tensión erótica en el grupo para luego derivarlo, con la misma intensidad, hacia el terror en donde los espacios diáfanos de la casa tienen un papel crucial. Mientras la disfrutaba veía destellos de El resplandor, Funny Games y hasta de El cuchillo en el agua. Lástima que el director no sepa cerrar el final, la única parte fallida, pero Pretenders es una película notable que transmite angustia e inquietud al espectador y está excelentemente fotografiada en bellos paisajes costeros de Estonia y muy bien interpretada por sus cuatro protagonistas.

Lady Macbeth, versión cinematográfica de una novela de Nikolai Leskov, es la académica e impecable aportación británica a la Sección Oficial. William Oldroyd compone un retrato duro de la Inglaterra rural de 1865 a través de la historia de Katherine (Florence Pugh), una joven que se casa con un hacendado que le dobla en edad y al que desprecia tanto como a su ruin familia para la que ella es solo una posesión destinada a dar un heredero. Pero la aparente víctima, movida por una ambición desmedida (ahí cobra razón de ser el título de Lady Macbeth) y aguijoneada por una pasión sexual explicable (el matrimonio no se consuma porque el marido prefiere el onanismo al contacto físico con ella y las hormonas de la joven necesitan alguien que las apacigüe) por uno de sus sirvientes, Sebastien (Cosmos Jarvins), y en ese momento la película vira hacia El amante de lady Chaterley de David H. Lawrence, se convierte en verdugo despiadado, y ahí Lady Macbeth se convierte en versión victoriana de El cartero siempre llamas dos veces de James Cain. Ambientación perfecta, dirección artística impecable, paisajes desolados barridos por el viento, que nos remiten a los ambientes de Cumbres borrascosas, y un elenco de actores tan desconocidos para este cronista como eficaces en una película que tiene algunos fallos en cuanto a la verosimilitud del relato, sobre todo cuando este adquiere los tintes más sangrientos.  Lady Macbeth podría marchar de Donostia con algún premio en las alforjas.

Dejemos el cine aparte y hablemos de gastronomía. Pero primero, comamos. Hoy, como el cielo da una tregua y los horarios me lo permiten, voy a comer a Okendo, el restaurante de las estrellas enfrente del teatro Victoria Eugenia, pero yo no busco la cara de Ethan Hawke, ni la de Gael García Bernal, Jose Coronado, Hugh Grant ni la de mi adorada Sigourney Weaver, que ignoro si están en las mesas o se les espera, sino que me siento para comer, por primera vez, en condiciones. Lo que no me perdono es no haberme cruzado con Monica Bellucci y haberme hecho una foto con ella, de lo que me entero por la prensa. Quizá ya no se me presente la ocasión. No está la encantadora chica delgada que suele atenderme otros años en Okendo: todo pasa, nada queda. Como tampoco me he cruzado con la doble de Eva Green del año pasado por las callejas del barrio antiguo. Pero lo de Monica Bellucci si que es imperdonable. Mientras paladeo un vino blanco devoro los bollos de pan. Pedir paella en Donostia es un riesgo que asumo y no me equivoco, acierto: está riquísima y la sirven acompañada de un alioli suave. La sepia guisada con patatitas (exacto el término de patatitas que son deliciosos dados minúsculos que se deshacen al paladar) me sabe a gloria. Remato con sorbete de limón y café. Lo voy a necesitar, y quizá también un trago de whisky, cuando me encuentre, tras cinco años de ausencia, con Bigas Luna, con su fantasma, porque el cine está hecho de ellos. 

La película más cálida, y caliente, del festival es Porto, que, como su nombre indica, sucede en la decadente y hermosa ciudad portuguesa. Es tan buena que no me permito hacer la siesta. Coproducción entre Portugal, Francia y Estados Unidos, la película del brasileño Gabe Klinger, auspiciada por Jim Jarmusch, que va a la sección Nuevos Directores, es una historia de amor volcánico, de piel, como las buenas pasiones. Jake Kleeman (Anton Yelchin) y Mati (Lucie Lucas), dos jóvenes que se conocen por coincidir en unas excavaciones arqueológicas, se aman hasta la extenuación durante una noche mágica en la ciudad de Porto en un apartamento destartalado lleno de las cajas de mudanza de Mati que el propio Jake se encarga de transportar. No se conocen, pero después de conocer sus cuerpos viene lo más complicado, conocer las cabezas. Gabe Klinger hace una propuesta arriesgada con esta historia de amor, tan intensa como breve (lo uno conlleva lo otro) y se sirve de varios tramos narrativos para encuadrarla debidamente, yendo del presente, con pantalla cuadrada (seguimos con el juego de formatos) y fotogramas de 16mm inflados a 35, cuando la historia ha muerto porque lo que quiere Jake para siempre sirve solo para el instante, a ese pasado extraordinario de esa noche irrepetible en pantalla panorámica, espléndida. Gabe Klinger parece hacer en su película un homenaje a Noches de vino tinto, del director portugués José María Nunes, y de la trilogía de Richard Linklater (suyo es el documental Double Play: James Benning and Richard Linklater) en ese deambular mágico de sus protagonistas por la noche de Porto en la que se declaran su amor una y otra vez, como si a fuerza de repetirlo fuera a durar más. A destacar lo extraordinariamente bien rodada que está la escena de sexo maratoniana (la mejor del festival) que en buena medida se debe  al entusiasmo que ponen en ella sus intérpretes Anton Yelchin y la bellísima y sensual actriz francesa y modelo Lucie Lucas.
El fenómeno paranormal del día se llama tiempo, y no hablo del meteorológico, que se mantiene discretamente nublado pero sin llover, sino de lo que me cunde hoy: o las películas tienen un metraje más breve o yo administro mejor mis horas, así es que, para celebrarlo, me siento en la terraza de GU, Klub Kultura, terraza sobre el mar, en la misma playa de la Concha, junto al ayuntamiento, con la esperanza de que en la hora y pico que esté en ella se deje caer Monica Bellucci, y convierto una de las mesas de ese bar con aspecto de cubierta marina en mi despacho en compañía de un más que aceptable Bloody Mary, que, comparando con lo que cuestan los cafés, me parece barato.    

Incumplo promesas dadas. Quizá sean los efectos de este Bloody Mary, pero juraría que han sustituido el vodka por buenas dosis de tabasco. Sigo con el subgénero de gigantes de la Sección Oficial. ¿Quién habrá en el comité seleccionador aquejado por gigantismo? Colossal, en su mismo título, ya encierra el engaño. O eso espero por la buena salud del compatriota Nacho Vigalondo. Colosal tomadura de pelo o broma cara sin gracia. Me imagino al director español entre birras apostando con sus amigotes. ¿Qué te juegas que les cuelo a las majors semejante idea y encima ponen en eso una pasta que te cagas? Pues eso. Otra película que se equivocó de festival. Colossal va de gigantes buenos y malos, niños enfrentados por sus respectivos juguetes, y adultos que descubren que son capaces de hacer mover esos monstruos a distancia en Seul. Pisando fuerte en un parterre de Canadá se ahorran un montón de efectos especiales. A cada pisotón dado por los dos humanos, niños enfrentados en la escuela por sus juguetes, los monstruos gigantescos hacen lo mismo en Seul y arrasan calles, edificios y hormigas humanas. Podría ser en Pyong Pyang, para desbarrar un poco más y sacar al tipo del tupé que merece un subgénero él solo. Godzila cruzado con Goonies, melodías y subrayados del peor Spielberg. Demencial: el dinero invertido y el tiempo. El cine/palomitas hace estragos. Hay un montón de jóvenes talentos españoles que lo están perdiendo al otro lado del charco pero quizá les compensa hacer películas absolutamente olvidables si quieren vivir de hacer cine, porque España les niega la oportunidad. La protagonista de Colossal una gigantesca Anne Hathaway que le da a la birra. Todo el equipo técnico de Colossal parece haberle dado.  Me quedo a leer todos los títulos de crédito por si hay guionista. No lo veo. Si me tomo un whisky doble creo que iré a ver Un monstruo viene a verme de J.A. Bayona y me habré empapado de gigantismo.

Bigas x Bigas es el film más personal de Bigas Luna. Su diario privado en imágenes realizado a lo largo de los años y que ve la luz montado en el festival de San Sebastián. Bigas Luna era un soñador, un Quijote que se dio de bruces con los molinos de la industria cinematográfica y recibió no pocos reveses de la crítica a pesar de la calidad más que notable de su producción cinematográfica. Creador libérrimo y multidisciplinar, que fue de la oscuridad a la luz, de construirse en su juventud a deconstruirse en su madurez, dio un paso en EE.UU y regresó con una buena película, Reborn, y un buen amigo que se fue antes de que lo hiciera él: Dennis Hopper. Pero nunca habría vivido en EE.UU: Tienen un café espantoso. En este documento que es Bigas x Bigas, de gran interés para los que siguieron y admiraron la obra del cineasta, encontrará el espectador al artista en zapatillas, al perro catalán, como le gustaba autodenominarse a este creador de nacionalidad mediterránea, en homenaje a los surrealistas, a Salvador Dalí (realizó un pequeño corto llamado Collar de moscas, porque compartía con el ampurdanés esa afición por esos insectos) y a Luis Buñuel (el director de la Trilogía Ibérica es sin lugar a dudas el director más buñueliano); al hombre feliz y vital junto a su mujer y sus hijas; al lleno de humor que hace un casting de perros en el que incluye al suyo, Pirata; el que bromea con Leonord Watling y Jordi Mollá antes de rodar con ellos Son de Mar (Me gusta rodar en Valencia porque se come bien); al enamorado de los ajos (Suelo comerme 15 al día, me encantan los ajos, y por eso Javier Bardem le ofrece uno a Stefanía Sandrelli en Jamón, jamón); al obsesionado con los pechos lácteos de las mujeres: La teta y la Luna; al que le gustaba hablar en italiano por hobby; al hombre apegado a la tierra, a esa casa rural de Tarragona, y que observa con orgullo como crecen las verduras ecológicas de su huerto.

Temía enfrentarme con este documento, a cinco años de la muerte del cineasta, con el que me unía una relación que iba más allá de lo profesional (sabedor de que yo veía mucho más cine siempre me pedía que le recomendara alguna película); tenía muy presente, mientras le veía y le escuchaba en esos ochenta minutos de metraje, mi última reunión con él, tres meses antes de su muerte, en un hotel de Barcelona, en el que me engañó, o se engañó a sí mismo, hablándome de multitud de proyectos y me pidió que buscara el árbol más grande que encontrara en el Valle de Arán porque lo necesitaba para su próxima película. Pero no, Bigas x Bigas es la demostración inequívoca de que Bigas Luna, el hombre que amaba la vida (Mi triángulo vital incluye sexo, comida y reflexión), sigue vivo.