viernes, 20 de enero de 2017

CINE / SILENCIO, DE MARTIN SCORSESE

SILENCIO
Martin Scorsese

Si estudiamos detenidamente la filmografía de Martin Scorsese, uno de los grandes maestros de la cinematografía norteamericana, encontramos en ella varías corrientes fílmicas, que, en realidad, se superponen. La línea más potente, en donde el italoamericano menudo y apasionado de la vida ha conseguido sus mayores logros artísticos y de público, el cine de gánsteres sobre la Mafia, que le era muy cercano por verlos, a los gánsteres, a diario cuando era niño en Little Italy y le marcóTaxi driver, Uno de los nuestros, Casino, Infiltrados, en la que, sin embargo, tuvo algún que otro tropiezo creativoGángs of Nueva York, Suther Island; la que se puede considerar como canto de amor a su ciudad (Martin Scorsese más que norteamericano es neoyorquino como Woody Allen; Nueva York no es Estados Unidos) el musical New York, New York y La edad de la inocencia que habla del pretérito de la ciudad de ciudades, para mí una de sus mejores películas—; y el cine de raigambre moral, en el que el Martin Scorsese religioso y místico, el realizador de cine que, en un momento de su vida, se planteó abrazar los hábitos y hablar desde los púlpitos de las iglesias y no desde las salas oscuras de los cines, con un puñado de obras notabilísimas que no sólo se circunscriben al catolicismo: La última tentación de Cristo, Toro salvaje, Kundun. Pero en realidad el Martin Scorsese moral, obsesionado por la culpa y la redención, por la mística de la religión, está en toda su filmografía, especialmente en una de sus obras cumbres e iniciales: Taxi driver.

A ningún conocedor de la obra de Martin Scorsese le puede extrañar que llevara al cine la novela del escritor japonés Shûsaku Endô Silencio, sobre los avatares poco conocidos que sufrieron misioneros portugueses de la Compañía de Jesús en su intento, fallido, de evangelizar Japón. En realidad las andanzas de esos dos sacerdotes, el padre Rodrigues (Andrew Garfield), que acaba imponiéndose como protagonista, y el padre Garrupe (Adam Driver, el conductor de autobús poeta de la reciente Paterson de Jim Jarmusch), a quienes el padre Valignano (Ciarám Hinds) les encarga que entren clandestinamente en Japón para investigar por qué el prestigioso padre Ferreira (Liam Neeson), todo un referente, ha cometido apostasía y se ha convertido al budismo (el esquema narrativo hace que mi cabeza vuele a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad), y su calvario, las pruebas físicas dolorosas por las que han de pasar en defensa de su fe católica, entroncan directamente con las dudas metafísicas y humanas que tenía ese Cristo carnal interpretado por William Dafoe en La última tentación de Cristo.

En Silencio, el vino y la vasija no se corresponden, el primero es mucho más potente que el segundo, no se merecía ese recipiente. La vasija carece de alma, de estructura adecuada, no engancha al espectador, y, lo que es peor, le aburre. La negación de Martin Scorsese a utilizar el ritmo narrativo (tampoco hacía falta que utilizara el frenético de El lobo de Wall Street) pesa como una losa en un film plomizo en el que el espectador no entra, porque a los treinta minutos deja de interesarse por una historia que se alarga innecesariamente, y le resulta imposible empatizar con los personajes, quizá por un error de casting. Los encuentros de los padres Garrupe y Rodrigues con esas pequeñas comunidades de pueblos de paupérrimos de pescadores que conservan su fe católica de una forma un tanto irracional (abrazan sus símbolos, crucifijos e iconografía católica, sin ahondar en lo medular), a pesar de las prohibiciones y amenaza de tormentos que arrostran, carecen de toda épica y emoción, resultan tan reiterativos como las secuencias en que las autoridades obligan a apostatar obligando a los creyentes a pisar un icono católico.


La película tiene un repunte final, cuando por fin se enfrentan, teológicamente hablando, Rodrigues y el apóstata Ferreira, y éste hace tambalear las rígidas convicciones religiosas del joven e inflexible jesuita que ha visto morir a muchos antes por no dar su brazo a torcer. Han muerto por ti, no por Dios, le recuerda el jesuita apóstata al joven misionero. Martin Scorsese centra todo su discurso, finalmente, en la inutilidad del martirio, uno de los pilares de la fe católica, muy presente en toda su iconografía doliente, y en que la vida humana (la propia y la ajena) está siempre por encima de la fe, pero para ello no debió consumir esos 159 minutos a todas luces excesivos en los que le faltó épica y emoción, la que el espectador encontró, y la referencia es inevitable puesto que hablamos de la misma orden religiosa, los jesuitas, en La misión de Roland Joffé


A finales de la Edad Media, en las tierras fantasmales de Valaquia, la actual Rumania, en una Europa de fronteras difusas y disputas territoriales, con el invencible ejército otomano ocupando buena parte de Europa, un personaje de leyenda, Vlad Drácula, conocido como Vald Tepes, por su atroz costumbre de empalar a sus enemigos, impone con mano de hierro su autoridad entre los suyos, deshaciendo toda clase de conspiraciones y detiene a los turcos con sus atrocidades.

El personaje que inspirara al escritor Bram Stoker para su inmortal “Drácula” fue uno de los personajes más sanguinario de la historia y José Luis Muñoz lo acerca con una prosa medida en esta apasionante novela de terror, aventuras e histórica en la que la realidad puede resultar tan irreal que parezca fantasía. Verdad y leyenda en esta novela gótica e impactante que no deja respiro al lector y lo sumerge en la oscuridad de una época que tocaba a su fin. 




miércoles, 18 de enero de 2017

SOCIEDAD / LA MUERTE / LOS MUERTOS

LOS MUERTOS / LA MUERTE

Todo es relativo, salvo la muerte. ¿O también? La muerte da sentido a la vida, sin esa muchos ni nos levantaríamos de la cama. Mañana. Y estaríamos en las cavernas, sin salir de ellas. La vida es insatisfacción y de ahí al progreso. Vivimos engañando a la muerte, y unos escriben, otros hacen películas, los hay que escalan, dirigen países, hacen que otros se maten por ellos. La muerte no es tan importante sino saber cómo se ha vivido hasta llegar a ella, eso sí. Hubo pueblos que basaban todo en la muerte, como los aztecas, y que no debieron ser muy felices, a juzgar por sus esculturas, e hicieron muy infelices a sus víctimas. Quien decide irse por su cuenta, antes de que la Parca llame a su puerta,  es un ser que toma una decisión muy libre que no tiene vuelta atrás. 

Matar, lo que sea, resulta para mí algo muy atroz, y por esa razón en mis novelas se mata mucho para que en el mundo real se mate poco. No recuerdo haber matado más que moscas, porque invadían mi territorio, y alguna araña por la misma razón, pero soy contradictorio porque me gusta la carne, sobre todo la caza. La verdadera muerte de los que nos rodean e importan es cuando se difuminan en el recuerdo, cuando se mueren dentro de nosotros. Matar es algo muy relativo. A quien mata mucho en una guerra se le condecora con la medalla al valor de carnicero; a quien mata mucho en la paz, se le condena. 

El asesinato masivo, como el robo, como todo lo que sea masivo, tiene menor consideración moral que el acto individual personificado en una víctima muy concreta. Seguro que Hitler y Pol Pot estaban convencidos de que estaban haciendo un gran bien a la humanidad. Seguro que los etarras se sentían patriotas cada vez que disparaban un tiro en la nuca a los españolistas. Hay sociedades que eligen a sus verdugos. Hitler y Donal Trump no engañaron en sus discursos y millones de personas los votaron libremente y son responsables de lo que hagan. 

La muerte, a fin de cuentas, es un final de camino y pobre de él el que llega a él sin haber trascendido. Muchos buscan la inmortalidad, dejando hijos, nietos por el camino; otros optan por dejar catedrales, esculturas, composiciones musicales, libros y películas, y los hay que se largan sin dejar absolutamente nada porque sólo han vivido para sí mismos, los que no trascienden y les importa un carajo eso de la trascendencia. Hay un título que me gusta mucho: Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Pasa hasta con Manolo Vázquez Montalbán. 

Alrededor de la muerte se han montado una serie de tinglados, el más antiguo la religión. Resulta caro hasta morirse. Me dan mucha envidia los que tienen fe en el Más Allá.  Me gustaría creer que la muerte es Jessica Lange en All the jazz de Bob Fosse. Bye bye life.

Un canto a la vida, y a la muerte: EL SABOR DE SU PIEL (Nova Casa Editorial, 2016)

Hernán, Borja y Leticia, tres amigos del instituto, constituyen el triángulo amoroso perfecto. Los dos adolescentes varones exploran con su sensual y abierta amiga los misterios placenteros del sexo en una búsqueda de la felicidad total a través de la exaltación de los sentidos. José Luis Muñoz escribe su novela más carnal desde Pubis de vello rojo y describe la evolución de estos tres personajes a lo largo de los años a través de su relación con el sexo con una prosa sensorial que arrastra al lector por la geografía de los cuerpos en sus delirios amatorios. El sabor de su piel es una narración en la que lo carnal impone sus leyes y la sacralización de la actividad sexual deviene el fundamento del erotismo. Una novela de amor, camaradería y sexualidad en la que los tres personajes ponen el sexo en la cúspide de sus vidas y gozosamente se sacrifican por él.


“Nada de los erótico le es extraño a la imaginación de José Luis Muñoz, ni siquiera las claves de dominación y crueldad controlada que suelen connotar los juegos sexuales”. 
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN.

“La literatura erótica de José Luis Muñoz es un apasionado trayecto hacia el infierno sadiano, pero también una afirmación de la vida hasta en la muerte como define Bataille al erotismo”. 
LUIS GARCÍA BERLANGA.

martes, 17 de enero de 2017

CINE / COMANCHERÍA, DE DAVID MACKENZIE

COMANCHERÍA
David Mackenzie


Se está revitalizando el western, un género que nunca ha muerto, aunque los caballos de crines al viento y cuatro patas hayan sido sustituidos por los de cuatro ruedas y motor diesel, pero el esquema argumental es el añejo y nunca falla. Diversos autores de novela negra (ahí me apunto) llevan hablando desde hace algún tiempo de la relación entre ambos géneros. Pues el escocés David Mackenzie (Corbridge, 1966)Convicto, Al final de los sentidos, American Playboy parece habernos  escuchado a los que hablamos de ese maridaje perfecto que se da tanto en cine—el Clint Eastwood de Un día perfecto; los Coen de No es país para viejos o Fargo, entre muchos ejemplos—como en literatura: las novelas de Jim Thompson o Cormac McCarthy. Podemos decir que el western es el género negro en espacios abiertos y ambientes rurales, como, a la inversa, el género negro es el western en espacios cerrados y ambientes urbanos, y no andaríamos muy desencaminados.

Comanchería, que me gusta bastante menos que el original Hell or high  water (Pase lo que pase), llega a nuestras pantallas, casualidad o deseo de los programadores, junto a otro western, este de factura mexicana: Desierto. Dos parejas de protagonistas en el del escocés, dos hermanos, Toby Howard (Chris Pine), divorciado y con problemas para pagar la manutención de su expareja e hijos, y Tanner Howard (Ben Foster), recién salido de presidio por haber matado a un padre maltratador, que se convierten en forajidos circunstanciales y asaltan bancos de una forma un tanto chapucera como afectados por las hipotecas y las subprime (el tema de rabiosa actualidad y quizá dé ideas en Europa), y frente a ellos una pareja de rangers texanos, un viejo sheriff llamado Marcus Hamilton (Jeff Bridges), con una pata en la jubilación y que no es de moverse mucho para atrapar a los delincuentesuna parte de la película permanece sentado frente a un banco, esperando que lo atraquen—, y su ayudante Alberto Parker (Gil Birmingham), un comanche medio mexicano de pocas palabras, cuyos caminos se cruzan porque unos transgreden las leyes y a los otros les pagan para perseguir a los que las transgreden, pero los cuatro están en el mismo bando: el de los perdedores.

Persecuciones por campo abierto y carreteras secundarias, violencia seca e impactante, diálogos impagables que dan fe de un buen oídoel toma y daca entre el sheriff y la chica de la cafetería a propósito de esa propina de 200 dólares que deja el asaltante, que el primero le exige como prueba y la segunda le niega por ser ya de su propiedad, cuatro buenos actores de tres generaciones y un guion sin fisuras mantienen al espectador atado a la butaca mientras ese drama se desarrolla ante sus ojos y las simpatías se reparten por igual entre esos cuatro personajes que no deberían enfrentarse a tiros sino irse a tomar unas cervezas juntos en uno de esos salones que transitan por Texas, porque los enemigos de los cuatro son las entidades bancarías que asaltan unos y defienden, por contrato, otros. Robar un banco es un delito, pero más delito es fundarlo, Bertolt Brecht dixit.


Comanchería habla, además, lo que es de mucha actualidad y porque estamos ante un film negro social, de ese Estados Unidos blanco, pobre y abandonado a su suerte por los gobernantes que habita en la América profunda y es la que ha dado la victoria a Donald Trump, porque los tipos que no tienen para llegar a final de mes y viven en míseras caravanas  cuyos buzones están a pie de carretera (los hermanos forajidos), no creen en el sistema político clásico y se agarran a un clavo ardiendo.

La inmensa llanura de Texas, un mar infinito de polvo, bien fotografiada por Giles Nuttgens, con sus máquinas de perforación y carreteras secundarias de tierra, sin la épica de superproducciones de antaño como Gigante, le sirve a David Mackenzie como escenario para desarrollar ese thriller poblado de personajes de carne y hueso el diálogo ante la camilla vacía de la madre que murió explica el posterior proceder de esos forajidos inocentes; las pullas cariñosas que le lanza Marcus al policía comanche mientras comparten cuarto de motel dan idea de la entrañable relación entre esos dos defensores de la ley y el ordeny para pergeñar algunas secuencias impagables como cuando los hermanos Howard atracan una entidad bancaria de cierta envergadura y tienen que salir de estampida porque los clientes (estamos en Texas) sacan su artillería y pasan de rangers y policías. Texas es el genuino Oeste y poco ha cambiado, como esa América rural que retrata David Mackenzie que parece sacada de las páginas de John Steinbeck o  William Faulkner: pobreza endémica.



Dos últimas anotaciones sobre este western con dos parejas de camaradas que destilan ternura. No es casual que el guion lo haya escrito Taylor Sheridanahí está Sicario de Denis Villeneuve, otro western negro modélico, y una recomendación: vean la película en VO para no perderse esa extraordinaria, defectuosa o impostada, dicción de uno de los grandes actores del momento: Jeff Bridges.  







lunes, 16 de enero de 2017

CINE / TREN A BUSAN, DE YEON SANG-HO


TREN A BUSAN
Yeon Sang-ho

Rasgos de comedia involuntaria en este apocalipsis zombi que bebe del manga. El coreano Yeon Sang-ho ofrece un buen recital de sangre, no tanto de vísceras, a costa de su film de zombis Tren a Busan en el marco de un claustrofóbico convoy. El realizador de La ventana, El rey de los cerdos, Fake y Estacion Seul, que fue galardonado en el último festival de cine fantástico de Sitges con el premio al mejor director, deja la animación pasa dirigir este thriller de terror con imagen real y ecos de toda la amplísima filmografía subgenérica precedente.

Puestos a encontrar una referencia a este desmadre terrorífico, yo me inclinaría por la excelente 48 horas después del canario Juan Carlos Fresnadillo, porque los zombis del coreano parecen más rabiosos que cualquier otra cosa. Se ha dicho que el cine de zombis es la expresión cinematográfica de esta crisis social, y Yeon Sang-ho no rehúye lo social en su film: el mayor villano, que es de los pocos pasajeros del tren que sobrevive hasta el final, es un financiero; los héroes que se sacrifican por los demás son un vagabundo y un tipo tan fornido como solidario (Ma Dong Seok) cuya mujer embarazada (Ahn So-Hee) es una de las resistentes y parece una corredora olímpica a la hora de alcanzar y subirse a un tren en marcha; el padre de la niña protagonista (Kim Soo-an), es un brooker (el galán Yoo Gong) sin escrúpulos y padre descuidado que se redime salvando el pellejo de su hija y de otros pasajeros.

La película de Yeon Sang-ho dibuja bien esos dos bandos, el de los solidarios, que se preocupa del prójimo, y el de los insolidarios, la mayor parte de los viajeros de ese tren, que lo único que busca es salvar su pellejo aunque sea a costa del de los demás. Todo muy maniqueo. Los zombis de Tren a Busan, machacados con bates de béisbol y ciegos (pero con un oído muy fino) se multiplican exponencialmente a mordiscos hasta el punto que en ese tren se cuentan con los dedos de una mano los que no han sido infectados y, en una de las escenas más brillantes, casi consiguen frenar esa máquina desesperada que intenta abrirse paso en el caos, colgándose de los estribos y dejándose arrastrar por las vías como un enjambre de avispas furiosas. Pero los zombis, a fin de cuentas, no tienen más elección que esa, y no asustan gran cosa al personal.


Como todo film coreano que se precie no puede faltar, entre tanto derroche hemoglobínico, lo naif y sensiblero, con subrayados musicales y raudales de lágrimas, pero uno lo descuenta y la verdad es que es una película que entretiene aunque se sienta nostalgia por La noche de los muertos vivientes de George A. Romero, clásico entre los clásicos. 





viernes, 13 de enero de 2017

CINE / DESIERTO, DE JONÁS CUARÓN

DESIERTO
Jonás Cuarón
 
Tiene la sensación el espectador que padreAlfonso Cuarón, el director mexicano de Y tu mamá, también y de la exitosa Gravity rodada en el Imperio y con presupuesto multimillonarioe hijoJonás Cuarón (México D.F. 1981), cortometrajista que tiene un largo en su haber: Año Uñadebieron prever que Donald Trump sería el próximo presidente de los Estados Unidos cuando rodaron este western fronterizo que transcurre en los tiempos actuales. De hecho, podían haber dedicado la película al presidente electo de los Estados Unidos porque seguro que disfrutaría mucho viéndola y no le costaría mucho ponerse en la piel de uno de los dos protagonistas.

Los filmes de cacerías humanas podrían constituir, en sí mismos, un subgénero dentro del cine. La presa desnuda, dirigida e interpretada por Cornel Wilde en 1966, hace una eternidad, o Apocalipto, la aventura maya precolombina de Mel Gibson podrían ser buenos ejemplos, pero Desierto invierte las tornas y el cazador es un tipo solitario mientras los cazados actúan como grupo gregario  sobre los que practica el tiro al blanco. Uno contra todos, pero ese uno fuertemente armado y con la determinación homicida de los socios de la Asociación Nacional del Rifle.

El argumento de Desierto lo encontramos en la prensa, puede estar sacado de la realidad perfectamente. Las fronteras de los Estados Unidos con México no sólo están blindadas por muros y alambres de espino, custodiados por los temibles border patrol, las patrullas policiales que detienen a ilegales, y, en algún caso, los encierran en sucedáneos de campos de concentración según el capricho del sheriff local, sino que hay ciudadanos privados que vigilan esa frontera como si el país fuera de su propiedad. Por si fuera poco, está el desierto que engulle víctimas a su antojo, con lo que esa frontera sur se convierte en una de los territorios más letales del planeta.

Moisés (Gael García Bernal) forma parte de un grupo de ilegales que quiere entrar en Estados Unidos. Las cosas se complican cuando el vehículo que los lleva se estropea y el coyote, el que guía al grupo, se adentra a pie en el desierto norteamericano. Sam (Jeffrey Dean Morgan, actor de The Walkind Dead e imponente pinta de vaquero), un tipo alcoholizado y solitario que debe arrastrar algún trauma, se dedica, carabina en mano, a hacer puntería sobre esos mexicanos que invaden su país.

El western de Jonás Cuarón se deja ver bien, porque los escenarios son espectaculares y la cacería humana tiene algún momento tenso (cuando Moisés, con la ayuda de Adela (Alondra Hidalgo), roba la pickup a Sam, por ejemplo); resuelve bien las escenas de violencia porque son creíbles (duelen en carne propia los disparos a bocajarro) y remite al espectador a los escenarios de algún western clásicopienso en El valle del fugitivo, de Abraham Polonsky, interpretado por Robert Redford, y de la más reciente Caza bajo el sol de Jean-Baptiste Leonetti interpretada por Michael Douglas—, pero peca de previsibleel director no oculta cómo va a acabar esta aventura de la astucia enfrentada a la fuerza físicay de maniqueísmoquizá nos hubiera gustado saber por qué Sam es un asesino despiadado. Hay algún fallo del guion bastante  evidente, que atañe al personaje femenino, pero cuando flojea la historia se impone el espectacular escenario en el que dos hombres se retan a vida o muerte. Y no hay que olvidar a ese perro terrorífico, a imagen y semejanza de su amo, especialista en degollar a sus víctimas a mordiscos, un excelente secundario de cuatro patas.


Lo más terrible de Desierto, candidata mexicana a los Óscar de Hollywood y una loable denuncia social también, es que esas cosas suceden en la frontera  México / Estados Unidos porque los asesinos que hacen tiro al blanco contra los ilegales actúan con total impunidad: nadie va a investigar el asesinato de un sin papeles porque no existe. 






lunes, 9 de enero de 2017

CINE / FRANTZ, DE FRANÇOIS OZON

FRANTZ
François Ozon

Frantz es la última película de François Ozon (París, 1967), un director francés que no es fiable al cien por cien. Este enfant terrible del cine francés  se caracteriza por dar una de cal  y otra de arena: la controvertida Joven y bonita versus la detestable Una nueva amiga rodada bajo el influjo pernicioso de Pedro Almodóvar, pero Frantz hace que el director de Ocho mujeres suba muchos enteros en mi particular cotización.

Glamour a grandes dosis encuentro en Frantz, una perla pura, un drama exquisito escrito con una caligrafía pulcra y siguiendo los cánones del más puro cine clásico sin que el relato cinematográfico parezca impostado. Mis temores son completamente infundados y me enfrento a la mejor película de François Ozon, que me obliga a olvidar Una nueva amiga y replantearme la valía del director de Joven y bonita. Frantz no sólo es caligrafía exquisita sino emotividad a flor de piel ahora que a todo el mundo se le llena la boca con la palabra romanticismo sin saber qué es. Frantz es romanticismo en la correcta acepción del término.

Anna (la exquisita actriz alemana Paula Beer cuyo parecido con Sylvie Kristel es más que notable), va cada día al cementerio de la localidad alemana en donde vive a dejar flores en la tumba de su novio Frantz que murió en una de las batallas de la Primera Guerra Mundial; un misterioso francés, Adrién (Pierre Niney, el doble de Salvador Dalí) también pone flores en su tumba y ella y los padres de Frantz quieren saber por qué.

 Frantz es una historia de amor en tiempos de entreguerras, un alegato antibelicista que habla también del círculo de mentiras piadosas que no se pueden romper si se quiere evitar hacer daño a los seres queridos: miente Adrién a Anna, por piedad; miente Anna a sus padres por el mismo motivo. Y Frantz es también la expiación de una culpa de un soldado, que en cumplimiento de su deber, mata a otro en esa locura absurda llamada guerra que enfrenta a muerte a seres que perfectamente podrían ser amigos en otras circunstancias, así es que la última película de Françoise Ozon versa también sobre el absurdo  y la inhumanidad de las guerras. El director francés realiza un remake de Broken Lullaby, la película que rodara en 1932 Ernst Lubitsch, y rinde un homenaje canónico al gran maestro germano que hubo de desarrollar buena parte de su carrera en Estados Unidos.

Fotografía excelsa en color y en blanco y negro; dirección artística rigurosa;  buenas interpretaciones; banda sonora adecuada y un guion sin una sola fisura que sabe a clásico en esta película que habla indistintamente francés y alemán. Si el tramo en Alemania es bueno, el francés, con Anna buscando desesperadamente por París a Adrién, lo supera. El amor que no es, lo personifica ese tren envuelto en vapor que Adrién deja partir sin subirse a él. Y el amor que dura siempre es esa Anna fiel al cuadro de Manet El suicida del Museo del Louvre que visita a diario porque quizá, un día, reencuentre allí a Adrién. François Ozon pone un diamante de muchos quilates en su brillante carrera y seguramente decepcionará en su próximo proyecto porque difícilmente podrá superarse a sí mismo. Sencillamente magistral.




La novela histórica, de aventuras y amor sobre uno de los secretos mejor guardados por Cristóbal Colón. ¿Quién le dijo dónde se encontraba América?






miércoles, 4 de enero de 2017

CINE / LAS INOCENTES, DE ANNE FONTAINE

LAS INOCENTES
Anne Fontaine

En un convento religioso polaco en 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial está a punto de llegar a su fin, se produce una serie de embarazos como consecuencia de que las monjas fueron violadas por soldados soviéticos cuando el Ejército Rojo cruzó Polonia camino de Berlín. Las monjas de este convento próximo a Varsovia, contra la opinión de la madre superiora (Agata Kulesza), que todo lo cifra en la providencia de Dios, recurrirán  por medio de la hermana Irena (Joana Kulig), la más abierta de la congregación, a la doctora Mathilde Beualieu (Lou de Laâge), una médico de la Cruz Roja que está curando y repatriando heridos franceses en un cercano hospital de campaña, exigiéndole una estricta confidencialidad en el desarrollo de sus funciones, y ella las ayudará poniendo en riesgo su seguridad y robando horas al sueño sin que sus superiores sospechen de su actividad extra.


El cine francés, de la mano de la realizadora Anne Fontaine, responsable también del guion y autora de un biopic sobre Coco Chanel además de media docena de películas, aborda este espinoso tema medio siglo exacto después de que el gran maestro John Ford rodara su film póstumo 7 mujeres (1956), interpretado por Anne Bancroft. La película de la directora francesa, una coproducción con Polonia basada en hechos reales, primorosamente fotografiada en un gélido color que a veces se confunde con el blanco y negro (las muy bellas, y dramáticas, secuencias que tienen lugar en el bosque nevado e ilustra sobre el destino de los bebés recién nacidos) se convierte en un canto a la intolerancia religiosa, en este caso católica y personificada en la endurecida abadesa, y en contra de esa barbarie masculina que se produce en casi todas las guerras y tiene como víctimas a las mujeres que arrostran, además, un sentimiento de culpa por la agresión sufrida. La doctora francesa, que además es comunista (y está a punto de ser violada, también, por soldados soviéticos), y un médico francés, Samuel (Vincent Macaigne), y judío (y él mismo se encarga de recalcar lo de judío ante la esquiva madre superiora porque Polonia, país desmembrado durante la Segunda Guerra Mundial entre Alemania y la Unión Soviética, miró hacia el otro lado cuando el Tercer Reich decidió liberarles de esa etnia y al lado de una de las ciudades más hermosas del mundo, Cracovia, se erigió el mayor matadero de la historia: Auschwitz),  luchan contra la intransigencia de las religiosas (ellas se niegan a desnudarse ante los médicos aduciendo principios religiosos que les impiden mostrar sus partes íntimas a extraños; los doctores les invitan a dejar a Dios aparte en este conflicto) y consiguen romper esa barrera ideológica para salvar sus vidas y las de los bebés que engendran en el más riguroso secreto para evitar el escándalo. En cierto modo esa pareja de franceses encabeza una rebelión contra las normas en ese rígido convento al que van a parar.


Las inocentes, que empieza siendo un film seco y austero (unos niños abandonados, prematuramente adultos, pululan por una población en ruinas y malviven vendiendo cigarrillos; la única diversión en la pequeña localidad polaca es beber y bailar en un cutre establecimiento; el hospital de campaña de la Cruz Roja es primario y deprimente), y está extraordinariamente bien ambientado, termina destilando ternura en cada uno de sus fotogramas a partir de la mitad de la película cuando la doctora francesa empieza a provocar deshielos en ese convento congelado no sólo por el invierno. Anne Fontaine sabe hilvanar muy bien, además, el idilio puntual, en tiempos de guerra, que surge entre ese médico judío, que se sabe poco atractivo y eso lo hace precisamente atractivo, y la deliciosa doctora, una especie de María Goretti comunista de belleza turbadora que rezuma bondad en cada una de sus miradas y es el personaje que introduce humanidad, alegría y vida en la rigidez conventual.


Y mientras veía este film notable y equilibrado, al que quizá le falte una pizca de sal, no dejaba de pensar en John Ford y en Anne Bancroft. ¿Los habrá tenido presentes Anne Fontaine mientras rodaba Las inocentes medio siglo después de 7 mujeres? Aunque la angelical Lou de Lâage está en las antípodas de la Mrs. Robinson de El graduado.

Hernán, Borja y Leticia, tres amigos del instituto, constituyen el triángulo amoroso perfecto. Los dos adolescentes varones exploran con su sensual y abierta amiga los misterios placenteros del sexo en una búsqueda de la felicidad total a través de la exaltación de los sentidos. José Luis Muñoz escribe su novela más carnal desde Pubis de vello rojo y describe la evolución de estos tres personajes a lo largo de los años a través de su relación con el sexo con una prosa sensorial que arrastra al lector por la geografía de los cuerpos en sus delirios amatorios. El sabor de su piel es una narración en la que lo carnal impone sus leyes y la sacralización de la actividad sexual deviene el fundamento del erotismo. Una novela de amor, camaradería y sexualidad en la que los tres personajes ponen el sexo en la cúspide de sus vidas y gozosamente se sacrifican por él. 



Me fijé en su boca abierta, en sus labios separados, en sus
bonitos dientes. Fue como si hiciera una instantánea de ello.
Se acariciaba, al hablar, la comisura con la lengua. Imaginé
aquella lengua explorándome la garganta tras un beso, discurriendo
por el pecho, como una deliciosa babosa, lamiendo
mi glande con movimientos suntuosos antes de que toda mi
polla desapareciera en su boca. El maldito pantalón se tensó
como si dentro de él hubiese un muelle. (EL SABOR DE SU PIEL)

“Nada de los erótico le es extraño a la imaginación de José Luis Muñoz, ni siquiera las claves de dominación y crueldad controlada que suelen connotar los juegos sexuales”. 
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN.
“La literatura erótica de José Luis Muñoz es un apasionado trayecto hacia el infierno sadiano, pero también una afirmación de la vida hasta en la muerte como define Bataille al erotismo”. 
LUIS GARCÍA BERLANGA.