miércoles, 30 de noviembre de 2016

CINE / THE NEON DEMON, DE NICOLAS WINDING REFN

THE NEON DEMON
Nicolas Winding Refn


Si en literatura, como en cine, es un plus no dejar al lector, o al espectador, indiferente, el último delirio visual perpetrado por el director danés Nicolas Winding Refn, la antítesis, o quizás no tanto, de su compatriota Lars Von Trier, otro provocador, logra con creces su objetivo, y también el vapuleo casi unánime de la crítica.

Vayamos por partes. Nicolas Winding Refn (Copenhague, 1970) adquirió un prestigio desmesurado con la hiperviolenta Drive con su sofisticada puesta en escena y sus fotogramas pasados de colorido metálico. La película, ejemplo del neo-noir (Matrix), rindió a sus pies al jurado del festival de Cannes que lo premió como mejor director. El personaje inmutable de Ryan Gosling bien podría haberlo interpretado Alain Delon en sus buenos tiempos. ¿Hablamos de Jean Pierre Melville? El danés prefiera hablar de Alejandro Jorodowsky. El director de Drive no es nuevo en la dirección; en Dinamarca ya había rodado una serie de películas, algunas para televisión, y Bronson, la anterior a Drive, con Tom Hardy de protagonista ya era con elenco internacional. Repite con Ryan Gosling en su siguiente película, Solo Dios perdona, en Tailandia, con una irreconocible Kristin Scott Thomas y recreación estética en la violencia y la sangre. Y llegamos a su último alarido cinematográfico.

Jesse (Elle Faning) tiene 16 años cuando llega a los Ángeles a comerse el mundo ignorando que ella va a ser la comida. Duerme en un motel siniestro regentado por Hank (Keanu Reeves), que se introduce en sus pesadillas surrealistas (el cuchillo en la boca como el ojo rasgado por una navaja en El perro andaluz) al mismo tiempo que una pantera en su habitación (El beso de la pantera de Paul Schrader).  Jesse, de belleza inocente sin sofisticación, aspecto teenager de instituto, supera el casting de Jan (Christina Hendriks) y enloquece a un fotógrafo. Ruby (Jena Malone), una maquilladora de vivos y muertos, se cruza en su camino, intenta seducirla y se convierte en su sombra para guiarla hacia el estrellato de las pasarelas. Pero por el camino hay muchos bellos lobos, sus compañeras de profesión, que la acechan.

The Neon Demon, El Demonio de Neón, la ha paseado el director danés por Cannes y Sitges, festival en donde ha estado más cómoda, y Gijón la ha repescado en su última edición. El director de Drive construye aquí una fábula sobre el canibalismo, literal, existente en el mundo de la moda y la alta costura, y lo hace apoyándose en una puesta en escena ultra sofisticada; estética de videoclip; música chillout de Cliff Martínez; fotografía de diseño de Natasha Braier; influencias, entre otros, de David Cronemberg (el de Mapa de las estrellas de Hollywood), David Lynch (Mulholland Drive) y Darío Argento, más el Tony Scott de El ansia, más algún guiño al surrealismo buñuoeliano (ese ojo humano que devoran las modelos caníbales); mezclando géneros (fantástico, erótico y terror); ganas de epatar (la maquilladora de modelos es, a su vez, maquilladora de cadáveres y se lo monta con uno de ellos en una larga y pormenorizada escena en una morgue); espacios reales y oníricos entremezclados; referencias vampíricas a Elizabeth Barthory (los baños de sangre); y con actrices anoréxicas de belleza fría (se agradece la presencia fugaz de la lozana Christina Hendricks y hasta la de Keanu Reeves en su logrado papel de Hank, el portero del siniestro motel) capaces de destripar a sus semejantes si las ven como rivales. De todo ese caótico coctel visual queda únicamente un batido de narcisismo onanista a mayor gloria del director danés que escribe el guion (¿qué guion?).

El director de Drive confiesa haber salid´ de una familia cinéfila que adoraba la nouvelle vague. Está más cerca de las excentricidades de Leo Carax, de Holly Motors en concreto, que de Jean Luc Godard. A Nicolas Winding Refn, al que nadie le niega su condición cinéfila (cada secuencia me recuerda alguna película vista), le fascina Los Ángeles como a Wim Wenders el paisaje desolado de Texas en París-Texas; dos centroeuropeos vampirizados por el territorio yanqui que lo interiorizan con un filtro europeo. Así que cada fotograma de The Neon Demon es una excelente fotografía digna de figurar en una exposición fotográfica; así es que el aplauso para Natasha Braier por esos tonos y brillos tan irreales, por esa paleta de colores básicos (rojos, blancos, azules, todos metalizados), por esa iluminación de luz de neón persistente y esos rojos de Vittorio Storaro de los atardeceres que recuerdan a Corazonada de Francis Ford Coppola.

Algún personaje de la película, un director de casting, habla de la supremacía de la belleza, que la belleza lo es todo mientras las mujeres florero sentadas a su alrededor asienten. Las modelos cainitas comentan que en la dura profesión que han elegido se es vieja cuando llegas a los 21 años. Tres modelos se citan para comer en un restaurante y comparten unas hojas de lechuga; las tres bulímicas van al váter a vomitar porque se encuentran gordas. En este universo de locura estética y pesadilla alimentaria, Nicolas Winding Refn introduce habilidoso secuencias terror en el último tramo, en donde la influencia de La matanza de Texas de Tobe Hopper, una de sus películas icónicas, se hace patente pero con una pátina de lujo y toque Darío Argento.

Con estética Vogue premeditada Nicolas Winding Refn habla durante casi dos horas del vacuo mundo de la moda, pero lo hace con una película más vacía y hueca que la moda de la alta costura que supuestamente denuncia. Bucle de levedad absoluta. La alta costura devora la película y el director da tres pasos en el delirio en la última sesión fotográfica al borde de una piscina con las dos modelos caníbales y el hermoso marco de fondo de la costa californiana en una mansión de diseño.


The Neon Demon es la insoportable levedad de  Nicolas Winding Refn, una gigantesca pompa de jabón que no lleva dentro nada cuando estalla. NWR firma el narcisista director del videoclip. ¿Una película o un desfile de modas carísimo y largo? 









martes, 29 de noviembre de 2016

SOCIEDAD / FIDEL

Fidel


La primera imagen que tengo de Castro es ésta, entrando en La Habana en su columna de camiones después de una gesta heroica que figura en los anales de los movimientos guerrilleros que consiguen doblegar al poder establecido. La imagen la ve un niño de 8 años en la portada de la revista Life que siempre compraba mi padre, un liberal en tiempos de dictadura a quien le debo lo mejor que hay en mí, y me fascina. El titular, creo recordar, era algo así como Los barbudos toman La Habana, y ese día Cuba gritó de júbilo al liberarse de Fulgencio Batista y dejar de ser el burdel de Estados Unidos. El mundo celebró el hito romántico de esos revolucionarios que, contra todo pronóstico, derrotaban a un ejército regular descompuesto y no terminaban ante un pelotón de fusilamiento.
Si algo celebro estos días de castrismo teológico, de Castro mesiánico e icono revolucionario, y anticastrismo furibundo, de los que descuartizarían al dictador revolucionario de tenerlo entre sus manos, es no ser castrista ni anticastrista. Mi relación con Castro se reduce a haberlo metido en una novela, un cameo puntual, que tuvo como consecuencia un linchamiento mediático en la isla por antonomasia, y en otra, en la que siempre salía cuando el protagonista encendía el televisor, como personaje omnipresente que era en la Cuba en la que reinó como un personaje de novela de Gabriel García Márquez, uno de sus grandes defensores en el mundo literario, como lo fue Julio Cortázar de la revolución cubana. Y punto. Más que castrista fui guevarista durante algún tiempo muy lejano.
 Como toda revolución de izquierdas, la cubana fue bien hasta que se corrompió y se convirtió en un régimen que perpetuó a una persona, y luego a una dinastía (Raúl Castro, y parece que sus hijos se postulan como herederos de su tío y su padre), en el poder. Fidel barrió un régimen corrupto, que había convertido  la isla en el prostíbulo de la mafia estadounidense, y devolvió  la dignidad a un pueblo que, décadas más tarde, tuvo que prostituirse para sobrevivir: paradojas históricas las de esas jineteras que se venden por un plato de comida. Por contra, el cubano es, posiblemente, el pueblo más ilustrado del planeta, el único lugar en el que un licenciado puede estar barriendo la acera y un médico vivir en una modesta vivienda, pero no el más pobre. Realismo mágico agitado con son cubano. Para ver pobres, de los de verdad, váyanse a otros lugares de Latinoamérica, intérnense en los cerros y favelas. Para ver crímenes, paseen por México, Colombia o Venezuela, o comparen los índices de criminalidad de Cuba con los de los países de su entorno que la multiplican por diez.
De mis días en La Habana en ruinas tengo un recuerdo mágico. Y de sus noches. Y, sobre todo, de los cubanos de Cuba tan diferentes a los que encontré luego en Miami; alegres los primeros en sus carencias, amargados los otros en el paraíso capitalista con las despensas llenas. Vean Balseros, sus dos partes, un documento elocuente de que el paraíso no siempre es lo que reluce y produce destellos hipnóticos.
Castro se torció al querer ser el padre de todos los cubanos y cercenar sus libertades, y controlarlos policialmente en todos sus pasos, y desposeerlos de todo porque todo era de todos y tenían que repartirse la nada. La economía del país siempre fue desastrosa; las carencias de todo, habituales (farmacias y supermercados vacíos; matar una vaca delito más grave que a una persona; las langostas son del estado; hay que tener un cochino en la terraza o en la bañera para subsistir; resolver, el verbo mágico que los cubanos pronuncian varias veces al día), y ese bloqueo feroz, que obligó a los cubanos a ser el pueblo más mañoso del planeta, la apuntilló. Fumar mata (Cuba, uno de los grandes productores de tabaco del mundo, con cigarros habanos excelsos); y el azúcar es nocivo para la salud (la caña de azúcar, el segundo monocultivo cubano). Así es que de ser yo cubano posiblemente sería anticastrista ahora, como  castrista cuando  derroca Castro a Fulgencio Batista, porque hay varios Castros, del mismo modo que yo, y usted, no somos uno.
Todos, hasta los que lo odiaban a muerte, y ahora están satisfechos, reconocen que plantó cara a ese gigante poderoso que desde el primer minuto planeó borrarlo de la historia, y esa es la segunda gesta del personaje mitológico, del hombre de los discursos interminables, del vampiro de vida nocturna que nadie supo nunca donde vivía, del dirigente que tuvo dobles por todas partes, que se acostó con centenares de amantes y les hizo hijos con los que no ejerció de padre porque él era el padre de todos los cubanos. Puro Gabriel García Márquez, oigan, un patriarca salido de una de sus novelas.
Durante muchos años los progresistas del mundo fuimos castristas, después de  guevaristas, cubriéndonos los ojos con una venda, por el halo  romántico  que esa revolución desprendía. Luego nos desengañamos, como  lo  hicimos de la URSS, China y todos los focos revolucionarios que se convertían en regímenes políticos totalitarios y anquilosados, en donde la discusión crítica, el acicate de la revolución, sin la que ésta no avanza,  estaba vedada y se la tildaba con el simple adjetivo de contrarrevolucionario. ¿Era progresista o  profundamente reaccionario  el régimen que perseguía a los homosexuales y los trataba como enfermos en campos de reeducación? ¿Progresista un sistema político sin periódicos, salvo  el oficial Granma, que no admite la disidencia? ¿Progresista un régimen policial que encarcelaba a los que no pensaban como él? Nos desengañamos, Fidel; el socialismo  a la cubana tampoco  era el que soñábamos, como  no  lo  fue ni el chino  ni el ruso. Las utopías son perfectas, pero no los que las aplican.
Fidel Castro muere en la cama, y no envenenado por la CIA en sus seiscientas tentativas de liquidarlo, y lo tildan de asesino los que durante cincuenta años intentaron asesinarlo y tienen sobre sus espaldas cientos de miles de muertos en Vietnam, Afganistán e Irak; lo tildan de dictador los que pusieron una ristra innoble de dictadores asesinos, a los que instruían en técnicas de aniquilamiento heredadas de la Alemania hitleriana, en toda Latinoamérica, que masacraron y torturaron a sus poblaciones desde Chile a Argentina, pasando por Paraguay, Guatemala, Uruguay, Brasil... Cinismo de picana.
Media humanidad se alegra de tu muerte, Fidel, brinda y se emborracha en Miami, te desea que ardas en ese infierno que solo existe en la tierra y alimentan los que lo invocan, mientras otros cierran filas y gritan: Hasta siempre, Comandante. Pasearse, como lo he hecho estos días, por los callejones de las redes sociales, que se han convertido en intestinos, es recorrer la autopista del odio desmedido, darse cuenta de cuánto fascista emboscado hay en la bronca taberna cuyos alaridos a punto están de convertirse en puñetazos. Leí uno elocuente que transcribo: Dos hijos de puta menos, Fidel Castro y Marcos Ana. Me revolvió el estómago.
Celebrar la muerte es algo que no va conmigo. Ni siquiera descorché champán cuando murió nuestro dictador, porque murió en la cama y no  derrocado  por una revolución, y su agonía, literaria, también de Gabriel García Márquez, era la constatación de nuestro fracaso, de lo que no fuimos capaces. ¿Por qué iba a brindar? ¿Por cuarenta años de secuestro? ¿Por Salvador Puig Antich asesinado que no pudimos arrancar del garrote vil? ¿Por esta democracia de pantomima que tenemos ahora?  
Fidel ha muerto y tengo la suerte, como ya he dicho antes, de no ser ni castrista ni anticastrista, pero la muerte de este personaje histórico con luces y sombras me sirve para darme cuenta de cuánto enfermo de odio corre por este mundo. Cualquier día van a desfilar por las calles de nuestras ciudades  batallones de camisas pardas. Caín y Abel, Brother. Siempre lo mismo.







lunes, 28 de noviembre de 2016

CINE/ 54 FESTIVAL DE CINE DE GIJON, PALMARÉS

54 Festival de Cine de Gijón.
Los palmarés


Acta del jurado:
El Jurado Internacional de la 54 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, integrado por Dña. Judith Colell, D. Nima Javidi,  D. Kathleen Haney, D. David Matamoros y Dña. Claudia Pinto  ha concedido los siguientes premios a los largometrajes participantes en la Sección Oficial:

PREMIO PRINCIPADO DE ASTURIAS AL MEJOR LARGOMETRAJE:
GLORY de KRISTINA GROZEVA Y PETAR VALCHANOV
(Bulgaria, 2016)
PREMIO AL MEJOR DIRECTOR:
BRILLANTE MENDOZA por MA’ ROSA
(Filipinas, 2016)
PREMIO AISGE AL MEJOR ACTOR:
CASEY AFFLECK por MANCHESTER FRENTE AL MAR
(Estados Unidos, 2016)
PREMIO AISGE A LA MEJOR ACTRIZ:
JULIA VYSOTSKAYA, por PARADISE
(Rusia, Alemania, 2016)
PREMIO AL MEJOR GUIÓN:
KRISTINA GROZEVA, PETAR VALCHANOV Y DECHO TARALEZHKOV por GLORY
(Bulgaria, 2016)
PREMIO A LA MEJOR DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA
ALEXANDER SIMONOV por PARADISE
(Rusia, Alemania, 2016)
PREMIO “GIL PARRONDO” A LA MEJOR DIRECCIÓN ARTÍSTICA
JURAJ FÁBRY, por THE TEACHER
(República Checa, Eslovaquia, 2016)
PREMIO A LA MEJOR BANDA SONORA
MICHAL NOVINSKI, por THE TEACHER
(República Checa, Eslovaquia, 2016)
PREMIO ESPECIAL DEL JURADO:
MANCHESTER FRENTE AL MAR, de KENNETH LONERGAN
(Estados Unidos, 2016)
“Porque ha conmovido unánimemente al Jurado a través de una historia cercana, profunda, que habla de lo frágiles que somos y de la lucha de un hombre por reconstruirse y una conmovedora exploración del dolor”.


Leídos los veredictos de los distintos jurados compruebo  mi distancia de ellos. Glory, la película búlgara premiada, es simpática, pero  claro, a años luz de Paradise. Sin duda Glory necesita más el galardón, que no  es lo  mismo  que lo  merezca. Y que conste que Glory me gustó, pero  no  me rindió  como  sí lo  hizo  Paradise.
Premiar a Brillante Mendoza como  mejor director me parece correcto. El filipino  dirige tan bien a sus actores hasta el punto  de que no  parezcan actores. Ma’ Rosa, además, es una de las películas del director de Kenatay que más me han gustado. Así es que aplaudo  este galardón merecido.

Completamente de acuerdo  premiar a Casey Affleck como  mejor actor en Manchester frente al mar; de hecho  él es lo  mejor de una película demasiado  morosa, larga y que no  me dice gran cosa. Los susurros del actor norteamericano  y el dolor contenido  de su expresión facial bien valen el premio  de la interpretación.
El premio  a la mejor actriz a Julia Vysotskaya por su papel en Paradise es muy ajustado. La interpretación de la actriz rusa, esposa del directo de la película, es magistral y conmueve.
El premio  al mejor guion que se ha llevado  Glory yo  se lo  habría dado  a Paradise, por su originalidad (las entrevistas post mortem de los tres protagonistas)
El premio  a la mejor fotografía a Paradise lo  comparto. El blanco  y negro  de Alexander Semionov se adapta a la perfección a la historia que cuenta Andréi Konchalovsky.

Los premios a la mejor banda sonora y dirección artística a The Teacher me parecen gratuitos. La mejor dirección artística es la de Paradise que recrea perfectamente los diversos escenarios de la Segunda Guerra Mundial. Y de la banda sonora de The Teacher ni me acuerdo, así es que no  debe de haber sido  muy memorable en una película en donde nada lo  era.

No  sólo  lamento  que no  se haya premiado  a Andréi Konchalovsky como  mejor director y  Paradise como  mejor película; Sacha Wolff y sus actores polinesios se han ido  de vacío. 





CINE/ 54 FESTIVAL DE CINE DE GIJON

54 Festival de cine de Gijón.
Octava jornada


Llegamos al final de esta 54 edición del Festival de Gijón con la película de cierre que se proyecta para la prensa a las 9:30 en los Cines Centro al día siguiente de la muerte de un mito controvertido: Fidel Castro. Pero ignoro la muerte del Comandante mientras me duerno con una película cuyas máximas virtudes son la brevedad, poco más de una hora, y sus buenas intenciones que nadie le niega. Muna de Santiago Zannou (Madrid, 1977), un documental antropológico rodado en Etiopía, es una discutible elección para la sesión de clausura. La vida cotidiana de unas campesinas que aran sus tierras perdidas en las montañas con bueyes; unas ciegas que cuentan sus experiencias cuando caminan con sus bastones por las carreteras del país; una mujer que intenta curar pies y piernas enfermas con un mejunje; una chica que corre por las carreteras del país… escasos elementos narrativos para una película del director de El truco del manco y Alacrán enamorado que es menos interesante que cualquier documental que pasan por la segunda cadena.   

De la muerte de Fidel Castro me entero cuando abro el ordenador en la Cafetería Parchís y ya me he tomado el café y el churro que el diligente camarero pone sobre mi mesa nada más entrar. Precisamente hablaba de él con el cinéfilo despiadado, camino de los cines Centro, a propósito de la deriva nefasta de Oliver Stone, enamorado del controvertido líder cubano hasta el punto de rodar Comandante. No hay películas cubanas, por cierto, en Gijón, al hilo de la defección del mandatario que tiene un cameo en una de mis novelas. Tuvo una larga vida, de película, pero en el cine figuró siempre de comparsa de Ernesto Che Guevara en cintas espantosas, por cierto. La CIA cometió un sinfín de chapuzas, al estilo de la coña de los Coen Quemar después de leer, para liquidarlo; serían el guion perfecto de una alocada comedia negra: los seiscientos intentos fallidos de asesinar a Fidel Castro.

Cuando termino un festival de cine suelo hacer una quiniela cuyo vaticinio nunca se cumple, lo que me hace ver lo equivocado de mis juicios cinematográficos, casi tanto como los políticos, pero a estas alturas es inútil cambiar y situaría en mi olimpo  a Paradise, de Andrei Konchalowsky, seguida, a mucha distancia, de Hotel Europa de Danis Tanovic, y El cielo espera de Marie-Castille Mention-Schaar, como favoritas, aunque muy probablemente se lleve premio la francesa Mercenario de Sacha Wolff cuyo protagonista melanesio se pasea radiante por Gijón, posa con todo espectador que se le acerca y espera regresar a su paraíso con un galardón en el bolsillo. Pero me queda el gran Marco Bellocchio para la tarde y sus Felices sueños con la actriz Bérénice Bejo, tan bella como talentosa, que me reservo para mi clausura particular del Festival de Gijón. ¿Seguirá pegando fuerte, me pregunto, el director de Il pugni in tasca y Marcha triunfal?

A las 17 horas una película alemana, sobre la que no albergaba muchas ilusiones, programada en la Sección Enfants Terribles, me sorprende de forma agradable: Cuatro Reyes, opera prima de la directora alemana Theresa von Elz que ha volado a Gijón para presentarla ante el público. Después de los padres inadaptados de Cigarettes et chocolat chaud y Toni Erdmann, les toca el turno a los adolescentes: dos chicas, Lara (Jella Haase) y Alex (Paula Beer), que se han intentado suicidar por problemas con sus padres; Fedja (Moritz Leu), un muchacho georgiano que sufre bullying por parte de sus compañeros; y Timo (Jannis Niewohner), un joven con estética neonazi que tiene accesos incontrolables de violencia, pasan el día de Navidad recluidos en un centro de rehabilitación dirigido por un psiquiatra, el Dr. Wolff (Clemens Schick) de mentalidad abierta cuyos métodos chocan con la ortodoxia (que compartan habitación el interno agresivo y el que sufre bullying ciertamente es heterodoxo) de la institución.

Theresa von Elz dirige sin fisuras este drama juvenil y consigue el pleno rendimiento interpretativo de sus jóvenes actores, aunque tengo la sensación, mientras veo la película, que ya la he visto antes. Y le falta fuerza, aunque se vea bien. Y la factura es algo televisiva. Vaya. Pues no me ha gustado tanto como creía mientras la veía.

No espero nada de la siguiente película, Mimosas, porque no tengo de ella la más mínima referencia, y me encuentro, por sorpresa, con uno de los platos más exquisitos del festival, a pesar del título que echa para atrás. Su director, Oliver Laxe (París, 1982), es francés con cuatro largos exóticos en su haber, y la película rodada en Marruecos, en los parajes del Atlas, una coproducción en la que entra Qatar, Francia y España además del país anfitrión. Mimosas, aunque sea ecléctica y no redondee el final, es una ejercicio cinematográfico notable, una película que hipnotiza a través de imágenes bellísimas y cargadas de misterio. Una viaje iniciático de unos caravaneros por las montañas del Atlas, que, en un momento determinado, al morir el cheik, el jefe de la expedición, se convierte en un viaje funerario buscando dónde enterrarlo. La naturaleza es hostil (hay nieve, no hay caminos, se pierden, bordean un impetuoso río por una estrecha garganta), y también los bandoleros de la zona que les atacan y los diezman. Otra película antropológica, solo que ésta, al contrario de Muna, sí  interesa, me atrapa en sus 96 minutos. Casi un western con ecos de El cielo protector de Paul Bowles y unos actores que parecen brotados de las entrañas de esas tierras tan bellas como hostiles.

Y de quien espero mucho, el director que me reservo para clausurar mi 54 Festival de cine de Gijón, me decepciona. Poco queda del Marco Bellocchio de sus inicios en Felices sueños, un melodrama dulzón sobre el trauma de Massimo (Nicolo Cabrás / Dario del Pero / Valerio Mastandrea), que pierde a su madre (Barbara Ronchi), con la que tenía una relación afectiva muy especial, en circunstancias extrañas cuando tiene 8 años y ese hecho le marcará para siempre.

El director de El diablo en el cuerpo desoye el consejo de Alfred Hitchcock y rueda con un niño buena parte del film que se transforma en melaza espesa. Luego, sin que sepamos muy bien por qué, Massimo, convertido en periodista deportivo gracias a su padre (Guido Caprino), hincha del Torino, se va como reportero de guerra a Sarajevo. Y del trauma de la madre, que le dura buena parte de la vida, lo saca la doctora Elisa (Bérénice Bejo), que se enamora de él no sabemos cómo ni cuándo. La parte nostálgica del film lo ponen viejos programas de televisión y canciones de Patty Bravo y Raffaela Carrá. Decepcionante y sin brillo en ninguna de sus secuencias. 

Regreso a la casa de mis amables anfitriones paseando por un Gijón frío que me hiela con sus cinco grados por no haber sido previsor con la ropa. Una edición muy interesante la de este año, aunque creo recordar que mejor fue la del pasado año, de la que me he perdido, entre otras cosas, el ciclo de Matteo Garrone, y la película de Bertrand Tavernier, al que nadie reconoció salvo el que esto escribe, pero no era cuestión de hacerse un selfie en los urinarios. Si no era él sería su doble, aunque para dobles la de Eva Green que me encontré en San Sebastián en 2015. Y me he perdido los cortos, los films de animación y la única película negra del festival, la francesa La mécanique de l’ombre. Uno no puede ser dios, aunque lo intento, y estar en dos salas al mismo tiempo. En el cine, como en la vida, hay que elegir.

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sábado, 26 de noviembre de 2016

CINE / 54 FESTIVAL DE CINE DE GIJON

54 Festival de cine de Gijón.
Séptima jornada


Sol y frío al séptimo día: cinco grados mientras recorro a paso rápido esos kilómetros que hago diariamente y rebajan el desayuno calórico de mis generosos anfitriones. Llego justo a los Cines Centro a las 9:30 para ver la película de Brillante Mendoza, un habitual del Festival de Gijón, que va a la Sección oficial: Ma’ Rosa. Fiel a su estilo, el director filipino narra como si se tratara de un documental una historia negra ambientada en la Manila de nuestros días, una ciudad que muestra con toda su miseria, suciedad y caos, pero también vitalidad y esperanza. Una historia con policías corruptos y, por un momento, pienso en Kenatay, pero su grado de violencia no llega a tanto, por suerte.

Ma’Rosa es una esforzada mujer de Manila que regenta un pequeño colmado y se encarga de sus tres hijos adolescentes y de un marido haragán enganchado a las drogas, que ella también vende. Un grupo policial los detiene, los lleva a unas dependencias paralelas y les exige una cantidad elevada para salir libres sin cargos. Y en tiempo record los hijos recolectan la suma pidiéndola a familiares, empeñando las escasas pertenencias o prostituyéndose. Una familia cohesionada como pocas.  

Me declaro entusiasta de este realizador y sus historias cinematográficas interpretadas por gente de la calle que da la sensación que se limitan a ser como son ante el objetivo de la cámara de Brillante Mendoza. Película a película, este valiente realizador filipino muestra la realidad de su país, la corrupción sistémica y los abusos de poder, aunque me temo que toda esa denuncia cae en saco roto.

Manchester frente al mar, de Kenneth Lonergan, es la primera de la tarde despejada. Manchester, que no está en el Reino Unido, como París está en Texas. La película fue presentada con éxito en el Festival de Sundance. Pero El nacimiento de una nación también viene con el sello Sundance. Drama familiar en toda regla entre un tío y su sobrino que acaba de perder a su padre y del que éste debe hacerse cargo. El tío, el fontanero Lee Chandler (un Casey Affleck monocorde que habla entre susurros), que arregla cañerías y se lía a puñetazos cuando alguien le roza el hombro en un bar, es un tipo con una herida incurable porque le pasa lo peor que le puede pasar a un padre.  No sé rehace porque de ese agujero no se sale. Quizá Patrick Chandler (Lucas Hedges), el adolescente hijo de su hermano muerto, consiga sacarle del hoyo.

Correcta pero larga en exceso Manchester frente al mar que está en la Sección oficial por Estados Unidos. Correcta porque arriesga poco a nivel formal, nada, y argumental, aunque al menos no se dan esas sonrisas y lágrimas típicas y tópicas de los melodramas (La fuerza del cariño) norteamericanos: aquí pocas sonrisas, ninguna, y escasas lágrimas. Curiosamente lo que más me gusta de Manchester frente al mar es esa interpretación monocorde de Casey Affleck, sus susurros, sus miradas idas, su irascibilidad que busca que alguien le golpee hasta la muerte, aunque él ya está muerto.

Tío y sobrino acaban saliendo a pescar en el viejo barco de su padre, como en los buenos tiempos, y compran un nuevo motor con la venta de la colección de armas del difunto Joe Chandler (Kyle Chandler), a quien vemos de cuerpo presente y en flash backs. Final abierto y feliz para una historia que no puede tenerlo porque el protagonista es un muerto (el sobrino se queja de que no le dé conversación a la madre de una de sus novias, para beneficiársela tranquilamente en el piso de arriba). Una buena secuencia para la retina: la madre Randi (Michelle Williams) de los hijos que tuvo, que acaba de tener un bebé con otra pareja y ha rehecho su vida, le pide, entre lágrimas, que perdone todas las palabras que soltó por su boca cuando la felicidad de la familia ardió entre las llamas. Allí el protagonista se resquebraja y la película vuela alto.

Volvemos a los zombis y esta vez con look británico. The Girl All the Gifts se proyecta en Géneros Mutantes y la ha dirigido Colm McCarthy, director de series. Los zombis en este caso reciben el nombre de hambrientos y responden ya a unas coordenadas aceptadas ya por todos los que cultivan este subgénero de terror: son ciegos, se guían por el oído y por el olfato para detectar a sus presas y quedan fuera de combate si se les revienta la cabeza. El arranque del film es, cuanto menos, sorprendente: en celdas de alta seguridad están recluidos una serie de niños, bajo una fuerte vigilancia armada del ejército, que salen de sus celdas, para ser instruidos por la doctora Helen Justineau (Gemma Arterton, actriz británica de rasgos franceses que tiene un físico peculiar que siempre me llamó la atención: su cabeza es demasiado pequeña con respecto al cuerpo); de entre esos niños destaca Melanie (Sennia Nanua) por su extraordinaria inteligencia; los niños, pronto sabremos, que no son normales y por qué permanecen atados a sillas de ruedas además de ser custodiados.

The Girl With All the Gifts sigue las convenciones del género (seis personas conseguirán escapar de la base militar asediada por miles de zombis e intentarán llegar a un Londres arrasado) pero apunta cierta originalidad que no lo es tanto. Hay rastros en ella de El señor de las moscas en esa tribu de niños caníbales en los que la joven Melanie se afianza en un momento como líder a costa de matar a su rival, y también de La invasión de los ultracuerpos (los zombis sufren un proceso mediante el cual se convierten en plantas que forman un árbol gigantesco del que cuelgan extraños frutos que, cundo se abren, desparraman esporas zombis que acaban con la humanidad. Lo gore está medido en esta distopía (los zombis muerden en el cuello, pero no se comen los higadillos de sus víctimas) y hay una mala de la función de lujo, Glen Close, que interpreta a la enloquecida Dra. Caldwell, científica que, por conseguir una vacuna zombi, está dispuesta a descuartizar a la niña Melanie. Eso sí, el final es tremendamente malo. Lo que da de sí el señor George A. Romero a casi cincuenta años de La noche de los muertos vivientes.

Acabo este penúltimo día con otra película de padre alternativo, como el de Toni Erdmann, pero éste aceptado por sus dos niñas pequeñas que se lo pasan en grande con él. En la sección Enfants Terribles se proyecta la película francesa de Sophie Reine, la primera de su autora, que se desplaza a Gijon para presentarla, Cigarettes et chocolat chaude, una fábula sobre Denis Patars (Gustave Kervern) un padre hippie, contracultural y viudo, que, según las normas establecidas, no cuida debidamente a sus hijas porque viene a recogerlas tarde al colegio, no las estimula para que hagan los deberes, tiene un zoológico en casa, esta está siempre desordenada, etc. Para evitar perder la custodia de sus niñas Mercredi (Fanie Zanini) y Janine (Heloise Degas), que padece un síndrome nervioso que le provoca constantes tics, ese padre acude a un grupo de terapia dirigido por Sevérine (Camille Cottin) una rígida asistenta social que se irá encariñando y cambiando de opinión con respecto de Denis a medida que lo conozca.
Película infantil y simpática para proyectar por fin de curso en un centro escolar o el domingo después de comer en televisión como alternativa a los documentales de animales.














   

viernes, 25 de noviembre de 2016

CINE / 54 FESTIVAL DE CINE DE GIJON. SEXTA JORNADA

54 Festival de cine de Gijón.
Sexta jornada


Llueve a cantaros, y me mojo a conciencia en esos dos kilómetros largos de paseo diario desde El Musel al meollo de Gijón; llego justo a las nueve y media para entrar en los Cines Centro, cerrar el desvencijado paraguas que el viento, durante el camino, ha puesto varias veces del revés, y sentarme en mi butaca de la cuarta fila (paso de la séptima) para viajar a los Mares del Sur de la mano del realizador francés Sacha Wolff (Estrasburgo, 1981). Olviden los clichés sobre el Paraíso, porque el Paraíso, y el Infierno, están en uno mismo. Mercenario, el film con el que concurre en la Sección Oficial, es un thriller sui generis. Soane (Toki Pilioko), joven walisiano, territorio de ultramar francés próximo a Nueva Caledonia, aprovecha una oportunidad de salir de la isla, y de paso perder de vista a su padre déspota, alcohólico y violento, y ficha por un equipo de rugby capitalino de la metrópoli gracias a los oficios del siniestro Abraham (Laurent Pakihivatau), pero lo rechazan al llegar al aeropuerto por no ser lo suficentemente voluminoso (debía pesar 120 kilos y sólo llega a los 111). Abraham, que le ha financiado el viaje, intentará saldar la deuda y Soane escurrirse de él jugando en un pequeño equipo de Agen, y allí conocerá a una joven dependienta (Iliana Zabeth) de la que se enamorará.

Sacha Wolff, forjado en el campo del documental, conduce su primera película de ficción sin fisuras gracias a su inmenso, en toda su literalidad, protagonista, un perdedor de vida difícil que lucha con denuedo para abrirse un camino lejos de la Polinesia y a ella terminará volviendo para solucionar el conflicto con su padre. Bien rodadas las escenas del cuerpo a cuerpo del rugby, bien fotografiada, bien interpretada (Sacha Wolff no deja pasar la oportunidad de obsequiarnos con alguna de esas espectaculares danzas rituales maoríes que el protagonista waliense utiliza para levantar los ánimos de su equipo), Mercenario se deja ver bien, aunque la zona thriller del film no acabe de convencer, pero no me entusiasma a pesar de su exotismo y mi fascinación por todo lo que tenga que ver con la Polinesia desde que leí a Robert Louis Stevenson. Correcta, sin más.

Salgo del cine y diluvia tanto como cuando entré; en mis prisas por huir del chaparrón casi  colisiono con un tipo gigantesco en una esquina, con pantalón corto, camiseta y sandalias, el inmenso Toki Pilioko, literalmente una roca, que ha salido de la pantalla y no se ha enterado del clima de Gijón. Corro a refugiarme, siguiendo mi ritual diario, en el Café Parchís en donde me espera, sin pedirlo (ventajas de los ritos diarios) el café con leche y el churro de cada día que me pone en la mesa el eficiente camarero mientras abro el ordenador.

A las 5 de la tarde película búlgara. ¿Qué sabemos de la cinematografía búlgara? Prácticamente nada, al menos yo, desde que vi Cuerno de cabra hace una eternidad. Glory, dirigida al alimón por Kristina Grozeva y Peter Valchanov, es una alegoría sobre la corrupcion del poder. Glory es, también, la marca de un reloj familiar, con una grabación personalizada del padre, que extravían a un guardavías honrado cuando su vida cambia al encontrar una maleta repleta de billetes en una de las vías que vigila y decide ponerlo en conocimiento de las autoridades y no quedárselo; y ahí empiezan sus vicisitudes, porque ese hombre corriente, desaliñado y tartamudo, de repente se convierte en héroe famoso, es condecorado por el ministro de transportes y sale en programas de televisión, pero le pierden su preciado reloj, y eso le complica la existencia.

Stefan Debolsunov encarna a ese modesto funcionario público honrado  y Margita Gosheva, a una alta funcionaria del ministerio que lo utiliza descaradamente como elemento propagandístico, dos caras contrapuestas de servidores públicos. Hay ironía en el relato, pero es una lástima que desbarre en su final.

Toni Erdmann es una larguísima película alemana sobre la espinosa relación entre un padre jubilado, vitalista, medio hippie, excéntrico y ecologista, y su hija ejecutiva de una empresa, rígida y discreta, su antítesis. Cuando Winifried (Peter Simonischek) viaje a Bucarest, en donde está destinada su hija Inés (Sandra Hüller) para saber si es feliz, el encuentro padre hija dará lugar a una serie de situaciones hilarantes que llegarán a su máxima expresión cuando el padre cree un nuevo personaje, el estrafalario Toni Erdmann del título, para aproximarse a su hija y arrancarle una sonrisa. 

Maren Ade, la realizadora y guionista del film, trufa esos 162 minutos con una sucesión de escenas humorísticas en las que ese padre clown se burla de la clase empresarial y pone en cuestión el sistema rígido de valores de su hija, algo que ella no ve precisamente con buenos ojos. La anécdota se alarga demasiado y finalmente las continuas bromas de Winfred / Toni Erdmann acaban saturando y la película, en sus momentos finales, deriva hacia el pastelón sentimentaloide. Eso sí, tanto Peter Simonischek como Sandra Hüller bordan sus respectivos papeles.

Acabo la jornada con otro delirio demencial, la checa Menandros & Thais, una confusa narración en la que todo se mezcla bajo el capricho de sus realizadores Ondrej Cikan y Antonin Silar que cuentan, ambientándolo en la época actual, una tragedia griega de amores tortuosos en tiempos de amenaza para Atenas de Jerjes y sus huestes persas. Si las tropas de Jerjes van en un tanque y en sidecares con fusiles ametralladores, Menandros y Thais llevan atuendos helénicos y metemos en la acción a Buffalo Bill, una sesión de amputaciones a la coreana, crucifixiones, paisajes espectaculares, cuerpos desnudos que parecen salidos de una manifestación de PETA, sexo a discreción, alguna batalla gore, y envolvemos el coctel lisérgico con música y palabras altisonantes, tendremos una pálida idea del delirio mental de este film que es puro caos bajo la advocación, eso dicen, de Alejandro Jorodowsky. Así es que salgo tan mareado del cine  que regreso en taxi.


Hoy, por la duración de las películas, me quedé sin la tortilla de patatas que me guardaba el agradable dueño del Café Vienés a las seis y media de la tarde. Mañana la recupero.